lunes, 28 de marzo de 2022

Una entrevista, hasta ahora inédita, con Carlos Busqued.

Por Teresita Garabana*

A comienzos del 2013 abandoné Tucumán y me mudé a Buenos Aires sin un objetivo claro. Me inscribí en la Especialización en Periodismo Cultural ofrecida por la UNLP, que se cursaba en Capital. En el contexto de ese posgrado que nunca terminé, Mariana Enríquez nos dio como consigna hacer una entrevista. Siendo una extraña en la ciudad, sin muchos contactos, se me ocurrió mandarle un mensaje privado por tuiter a Carlos Busqued. Le dije que quería hacerle una entrevista, que era una tarea para la facultad, que probablemente nunca iba a publicarla. Aceptó con gusto y quedamos en encontrarnos en La Academia, el bar-billar de Callao casi Corrientes. 

Yo estaba nerviosa. Era la primera vez que hacía una entrevista, y hasta el momento no hice otras. La timidez, la inseguridad y la suerte me sacaron muy rápido del camino del periodismo y me colocaron —por el momento— en el de la investigación académica. Tengo que reconocer que me resulta más cómodo esconderme a leer revistas del siglo XIX y escribir algún paper que leerán un puñado de personas, antes que sentarme frente a un desconocido, preguntarle de todo y publicar los resultados en algún medio de comunicación. El riesgo es que lo lea más gente, que a alguien no le guste, que piensen que soy tonta o aburrida. 

Entonces, tal como le dije en su momento, la entrevista nunca se publicó. Pero ahora que Carlos murió repentinamente, siento la necesidad de que algo de esa charla salga a la luz. No por mí, que estoy muy alejada del mundo de los medios de comunicación, sino porque creo que la muerte de alguien tan especial merece que sean recuperadas, en lo posible, todas las palabras que haya dicho. Después de todo, mi trabajo como historiadora es, hasta cierto punto, hacer hablar a los muertos.

Esa noche de octubre —recién podíamos encontrarnos a las 20, porque antes él daba su taller— llegó al bar con una bermuda de jean, zapatillas blancas y la remera gris con un chanchito rosa que se ve en varias de sus fotos. Nos tomamos unas cuantas cervezas y hablamos casi tres horas. La conversación se fue para todos lados: me habló de su ex mujer, de las chicas con las que se estaba viendo, de su relación con las drogas. Pero yo, siempre buena alumna y muy apegada a hacer lo correcto, le prometí que rescataría las partes en las que hablaba, principalmente, de literatura. Ahora me arrepiento, claro, porque en algún momento perdí la grabación.  

Lo primero que percibí al conocer a Carlos fue un contraste evidente entre la misantropía con la que hablaba desde su cuenta de tuiter y el tono suave y amable con el que se dirigía a las personas: al mozo del bar, a la muchacha que pasó vendiendo estampitas, a mí.

En 2008, tras casi cuatro años de elaboración y correcciones, Busqued había terminado su primera novela, Bajo este sol tremendo, y la había mandado al concurso Herralde de novela. Según me dijo, lo hizo ‘’por caradura, porque la novela era corta y este era uno de los pocos concursos que no pedían una extensión mínima’’. Dos meses después, el mismísimo Jorge Herralde le mandó un email en el que le informaba que era finalista del concurso, y que independientemente del resultado, su novela sería publicada al año siguiente en Anagrama. 

El libro, la historia de un hombre apático que está desempleado y tiene que regresar a su pequeño pueblo natal cuando le anuncian que su madre y su hermano fueron asesinados a escopetazos, obtuvo el reconocimiento que ya sabemos. 

Cuando lo entrevisté, casi cinco años después, Bajo este sol tremendo seguía dando que hablar, aunque sus fans también nos preguntábamos cuándo publicaría otra. Queríamos más. 

—Leyendo un poco sobre tu vida, es fácil notar que la publicación del libro marcó un antes y un después. ¿Es así? ¿Pensás en tu vida anterior? 

—Sí, es un poco así. Pienso con terror en mi vida anterior. Yo vengo de una existencia muy brutal, muy triste, muy mala onda. Vengo de un entorno familiar donde nunca había un horizonte de algo bueno. Fui educado en un catolicismo que solo cree en cargar la cruz, no en que va a haber una redención. No había un sentido, un para qué. Es ese catolicismo de campo. Toda mi familia vivió del campo, son todos yugoslavos, gente muy tosca, de muy pocas palabras. Y yo no sé qué me pasó a mí, que en un momento me harté de esa existencia, estaba casado, me separé, terminé de estudiar, que era una especie de obligación que yo tenía, porque mi viejo me inscribió en la universidad. Esa fue la primera pregunta que me hizo mi psicóloga, ¿su padre lo inscribió en la universidad?

—Dada esta existencia brutal, ¿dirías que tu estado de ánimo de ese momento influyó en el tono del libro?

—Mi estado de ánimo ES el tono del libro. Yo me acuerdo muy bien de cómo estaba yo cuando escribí esas cosas, fue un libro que escribí muy solo y muy hecho mierda. Yo había comenzado terapia un par de años antes, porque ya no me aguantaba. Mi vieja se había mudado acá a Berazategui y había dejado una casa allá en Córdoba, me separé y me fui a vivir ahí. Era una casa que estaba vacía, no tenía muebles, había un colchón de una plaza y una bandera argentina que había tenido yo cuando vivía ahí. Me tapé con esa bandera durante dos años. No tenía ni sábanas. Ahí escribí el bruto de la novela. En un momento empecé a rodearme de basura y se me empezó a caer toda la casa. Se me empezaron a tapar todas las cañerías, me dejó de andar el calefón, me dejó de andar la heladera, empecé a bañarme en un departamentito que había al fondo, hasta que también dejó de andar eso. En el patio, los yuyos tenían un metro de altura. Para que te des una idea, a veces venía un linyera a dormir a mi casa, un tipo que dormía en la calle. Y cuando llegaba, limpiaba el lugar en el que él iba a dormir. El tipo dormía en la calle pero en mi casa limpiaba. Estaba viviendo en una demolición. Yo me separé, me pegué un tiro políticamente en la universidad en donde trabajaba y escribí ese libro, todo como parte de un mismo proceso, de un mismo clima mental. Y ese libro, de hecho, trata sobre el abandono de una forma de vida. 

—Todo lo que se lee sobre Bajo este sol tremendo son buenas críticas. ¿Recibiste malas críticas?

—No, nunca. Lo más parecido fue algo que salió en un blog de acá, de uno que se ve que estaba muy embolado conmigo y se agarraba de unos argumentos muy mogólicos… como que Tancacha no era donde yo decía… ¡y si, loco! Yo agarré el Google y miré las distancias. Pero eso no califica como crítica mala. Y después un italiano que salió desde un blog de literatura negra a decir que no es un libro negro, y que yo no soy tan bueno como dicen. Pero no sé si llega a ser una crítica, tampoco.

—El éxito de este libro fue tan grande y repentino que casi te obliga a seguir escribiendo. ¿Pero querés ser escritor?

—Durante mucho tiempo la literatura para mí fue la posibilidad de escaparme, fue esa cosa que estaba re buena. Yo, por ejemplo, leía a Bukowski mientras laburaba en una fábrica. Para mí Bukowski no es la borrachera y las putas, sino eso del laburante, del odio hacia el patrón y el odio a la propia existencia por tener que ir ahí… entonces por momentos estaba la redención del Bukowski que la había pegado un poco, ya más viejo, con un BMW en la puerta, ¿viste? Para mí ser escritor sobre todo significaba eso. Siento que yo siempre quise ser escritor, siempre pensé que era lo más grande que había y lo más grande que yo pudiera querer. Pero en algún punto mi vida no cambió. Sigo durmiendo en un colchón, solo que ahora tengo sábanas. La última vez que lo vi a Herralde estuvimos tomando whisky en el hotel Alvear. Después me volví a pata a mi casa, pensando, mal, porque le estaba dando excusas, y entro a mi monoambiente y digo… ¿qué soy? Porque sí, estoy en el Alvear hablando con Herralde… ¡el viejo viene a pedime cosas! ¡Él me llama a mí! Y a la vez, me voy de ahí y entro a mi departamento y me están comiendo las cucarachas… entonces digo, ¿soy escritor? ¿Qué soy?

—¿Por qué no te comprás una cama?

—Porque tengo la idea de que un día me van a desalojar y voy a estar como un pelotudo en la calle con la cama. 

—¿Sentís que formas parte de algo colectivo, de una generación, o de un grupo de escritores?

—No, para nada. A veces siento que todos hablan de algo que yo no sé, que todos entienden un chiste que yo no entiendo. El otro día una ex alumna, que me vende drogas, apareció en un momento que yo estaba muy en crisis, entonces me dice ‘’loco, vos sos muy exigente con vos mismo’’. Y después me quedé pensando, no es que yo me esfuerce mucho o sea muy exigente. Lo que yo no entiendo es cómo está contenta la gente con lo boluda que es. Si yo fuera como es la mayoría de la gente estaría escondido debajo de una mesa. Siento un odio por lo fácil que les resulta todo a los patanes. 

—¿Quiénes son los patanes?

—La gente autosatisfecha, que está contenta con todo lo que hace, que escribe un libro en dos semanas, que sale a hablar en todos lados, que escribe para cogerse minas. Pero los boludos prosperan. Yo soy todo lo contrario, no soy utilitario, siento que tengo una disfuncionalidad. Siento que hay cosas que son para otros. 

—¿Cómo es eso?

—No sé, no me puedo permitir cosas. Hay cosas que considero que no las merezco, que no son para mí. Viajar, por ejemplo. Mis amigos me preguntan cuándo voy a hacer un viaje. Ahora tengo un amigo que está en Europa, en la Cannabis Cup, que es la copa mundial del porro, y me dice ‘’border, pagate el pasaje, acá dormís, yo estoy en un departamento’’ y yo no sé, no puedo hacerlo, tengo la guita pero es como si no la tuviera, porque lo único que tengo es miedo a perderla. Vivo como un estudiante universitario de primer año. Tengo un auto en Córdoba, mi ex mujer me dice que me lo lleve y lo use, pero no lo hago. Creo que soy así porque me molesta tener que ocuparme de las cosas, no quiero pagar impuestos de un auto, no quiero ir a un taller a buscar un repuesto. Si ando en auto tengo once veces más probabilidades de que me pare la cana, de tener que hablar con un cana por algo, no podría ni fumarme un porro tranquilo. Yo no quiero eso. 

—¿Qué estás escribiendo ahora?

—Estoy acumulando material. Quisiera escribir una novela inapelable, que sea completamente sólida. Estoy hace como dos años con esto, pero escribiendo desde hace no tanto. Yo no tengo problema de laburar, siempre y cuando encuentre la historia. Pero hasta que no la encuentro es muy difícil. Tengo que encontrar el tránsito del personaje, qué es lo que le pasa, cómo va a reaccionar ante determinadas cosas, muy de a poco le encuentro un sentido, y a partir de ahí puedo laburarlo. Yo creo que el problema de esta próxima novela ya lo tengo, y tiene que ver con la absorción de la idea de que las cosas se terminan. Pero estoy viendo cómo encarar el malestar. Aquí hay un personaje que siente que está muy enfermo y que se va a morir. Hay muchas más cosas, pero la línea argumental va por ahí. 

—Sé que muchos te preguntan cuándo vas a publicar otro libro. ¿Te lleva mucho tiempo escribir? ¿Descartás mucho?

—Todo me lleva muchísimo tiempo. Es un proceso muy tortuoso, muy de armar las cosas de a poquito. Descarto todo el tiempo. Tengo miles de archivitos por un costado que tienen el nombre de la primera oración. Después ya voy teniendo cosas un poco más armadas. Pero tengo lo que se llama una aproximación asintótica a las cosas. Asintótico es algo que se aproxima mucho a una cosa pero sin llegar a tocarla. Una línea que se acerca infinitamente a un eje pero que jamás lo va a tocar. Yo me aproximo, me aproximo, me aproximo, y cuando estoy re podrido eso quiere decir que llegué. 

—¿Por qué deberían leerte?

—No sé si deberían leerme, pero sí te puedo decir que mi lector ideal es igual a mí, un hijo de puta mala onda que te cierra un libro a los cinco minutos de haberse aburrido. Yo respeto a un tipo que es como yo, que no puede aburrirse. Yo tengo que domar a un tipo como ese.  No te puedo dejar aburrir ni un minuto.

—Tu historia con Bajo este sol tremendo es una historia de éxito. ¿Qué es lo que más te gusta de ese éxito?

—Mirá, hay un libro de David Leavitt que se llama ‘’El lenguaje perdido de las grúas’’, es hermoso, es muy sutil. Ahí habla de un niño que era hijo de una psicótica que a veces se iba, no lo alimentaba, la mina salía y el pibe lloraba todo el tiempo, les rompía los huevos a los vecinos. Y un día el pibe deja de llorar. Entonces los vecinos, después de que pasan un par de días y no la ven a la madre, entran al departamento. Lo encuentran al chiquito, parado en la cuna mirando por la ventana a unas grúas. Y el pibe imita con los brazos los movimientos de las grúas, y así deja de llorar, porque comparando con el desastre que tenía de madre, qué sólidas, qué previsibles, qué organizadas eran las grúas. Y ahí Leavitt dice que lo importante es que uno se transforme en lo que ama. Y eso me parece hermoso, esa idea de transformarse en lo que uno ama. ¿Y a qué iba con esto? Ah, que para mí lo mejor, lo más fuerte que me pasó con esto, es saber que ese mismo tipo que una vez aprobó a Bukowski, me aprobó a mí. Así de pelotudo soy.

miércoles, 26 de enero de 2022

"El libro de las preguntas":

Introducción

El libro de las preguntas es el libro de la memoria.
A los obsesivos interrogantes sobre la vida, la palabra, la libertad, la elección, la muerte, responden rabinos imaginarios
cuya voz es la mía.
Las respuestas que da esta obra, dos amantes perdidos vendrán a leerlas; por mi parte, he intentado, al margen de la tradición
y a través de los vocablos, recobrar los caminos de mis fuentes.
Para existir se necesita primero ser nombrado; pero para entrar en el universo de la escritura, es necesario asumir,
con el propio nombre, la suerte de cada sonido, de cada signo que lo perpetúan.
De un idilio simple y trágico surge un canto de amor que es, a pesar de todo, canto de esperanza. Este canto ambiciona
hacernos asistir al nacimiento de la palabra y, en dimensión más que real, a un ensanche del umbral del sufrimiento que ilustra
una colectividad perseguida, cuyo lamento es retomado, era tras era, por sus mártires.
                                                                                                                                                                               


Edmond Jabès 

1963

viernes, 31 de diciembre de 2021


SER LAS RAÍCES 

Ser las raíces. En el subsuelo al que jamás
desciende un rayo. Donde la luz nunca echa un vistazo.
Una rama sin pájaro. Una rama sin hojas.
La fuente de un manantial en la más fina red de fibra
que no debe romperse. El duro trabajo de las raíces.
Sin respiro. (Hasta el sueño de invierno sólo es aparente.)
Almacenar. Alimentar. Saciar. Ser un vínculo mudo
entre el amargo final y la vida. Negado por su propio ser
y tullido para permitir que la flor blanca
celebre el sol,
el poder de la revelación de la belleza.
Ser las raíces. Y no envidiar la flor.


Vizma Belsevica

lunes, 27 de diciembre de 2021

 LA CASA DE TU INFANCIA

Por Sebastián Basualdo

“Todo ha desaparecido.

Todo.

Imagínese. Todo desaparecido.”

Wolfgang Borchert

No, señora, no tengo intención de venderle nada ––dije y de manera instintiva di dos pasos atrás como si quisiera abarcar con la mirada algo más que la puerta de entrada de la casa. Evidentemente todavía le tengo respeto, pensé. Porque yo había vuelto a esa casa, o mejor dicho, me había parado frente a la puerta de aquella casa y había tocado el timbre sabiendo que sería ella, la mujer, la vieja deleznable quien me miraría a los ojos sin reconocerme, sin imaginar que alguien como yo sería capaz de volver después de tantos años. En un tono conciliatorio, despojado de rencor, incluso de ironía, debí decirle apenas me miró que yo viví hasta el año ochenta y dos en esa casa. ¿Quedaría alguien de aquella época? (tantas veces ensayadas mis palabras). Al lado vivían Marta y su esposo. Escuchaban chamamé a todo volumen los domingos por la mañana y tenían un perro, una hermosa cruza de caniche con foxterrier, gris y con barba blanca y un pequeño jopo. Copete le llamábamos. Era muy arisco. Los dueños cruzaban una madera y dejaban la puerta entreabierta durante el día. Copete saltaba y tiraba el tarascón cuando alguien pasaba caminando. Patricio y yo volvíamos loco a ese perro. (La vieja y el estupor en sus ojos como quien reconoce de pronto una amenaza en el aire). No me va a decir que nunca vio a dos chicos jugando en este pasillo las veces que vino a hablar con mi abuela. Patricio y yo teníamos la misma edad. Supongo que como los dos éramos hijos de padres separados fue eso lo que forjó un lazo que pensábamos eterno. Los sábados después del almuerzo nuestros padres venían a buscarnos para llevarnos a pasear. Esperábamos sentados en este mismo escalón. Casi siempre era Patricio el que se iba primero. Nos vestíamos como para ir a un cumpleaños y hablábamos de lo que íbamos a hacer durante la tarde. ¿Una obra de teatro por Corrientes? Tal vez el Italpark o al Cine Los Ángeles. Al otro día nos mostrábamos los juguetes nuevos. Muchas veces no venían a buscarnos. Nuestros padres eran promesas que se alimentaban de nuestra ansiedad, una mezcla de imaginación y deseo, como una caricia imposible de pedir. Por extraño que parezca hubo sábados en que parecían haberse puesto de acuerdo para no venir a buscarnos. A nuestra manera infantil, nos reíamos de que se hubieran olvidado de nosotros y nos cambiábamos de ropa para ir a la selva mágica. Me refiero al baldío. Saltábamos desde la tapia de mi casa, de la suya quiero decir, y pasábamos toda la tarde recolectando cosas entre las plantas y los yuyos hasta que caía la noche y el aroma de la tierra nos despertaba el hambre. Algunas cosas que encontrábamos no tenían mucha utilidad. ¿Para qué sirve un sólo zapato de mujer? Nos divertíamos mucho. Era fascinante el gesto de Patricio cuando descubría una cartera o un par de anteojos rotos entre la maleza. En la selva mágica uno encontraba todo tipo de cosas maravillosas. Yo le regalaba todo a mi Yaya, no quería nada para mí. Me refiero a mi abuela, Susana se llamaba. Usted debiera recordarla, aunque no creo que la haya conocido verdaderamente. Mi abuela había decidido que la llamaría Yaya mucho antes de que yo naciera, cuando ni siquiera podía imaginar ni prever ni mucho menos sospechar que tendría un nieto, un gurí, como decía ella: mijito. Yaya me contó que había escuchado esa palabra en la época en que trabajaba como empleada doméstica para una familia muy rica en Montevideo: los Caorsi. Cada vez que yo tenía alguna preferencia pretenciosa, ya fuera con la comida, lo ropa o lo que fuera, ella me decía: “¿Quién se creé que es usted, mijo, Caorsi?”. Ignoro qué sentido le daba yo a esa palabra en aquel momento y tampoco tiene demasiada importancia. Ahora sé que hubo otra razón para que ella quisiera despojarse de la palabra abuela ni bien se hizo inminente mi nacimiento. Se sentía muy joven, y de hecho lo era, para convertirse en el modelo de abuela que debía tener en mente. Imagínese que aún no había cumplido los cuarenta años cuando mi madre me trajo al mundo. Yaya era fuerte y decidida, tenía convicciones. La mujer con más agallas que yo conocí en mi vida. De otro modo no hubiera podido hacer lo que hizo. Por supuesto, usted no sabe nada de mi historia familiar. ¿Alguna vez escuchó hablar de los Tupamaros? Pero debió darse cuenta de su temperamento las veces que discutieron. ¿O no? A veces pienso que hay personas que se construyen una imagen propia del otro, le despojan sus verdaderas intenciones y pretenden verlo comportarse tal cual como ellos lo imaginaron para luego hacer un uso despótico de la decepción. ¿Cuántas veces habrá discutido con mi abuela? Yo tengo el recuerdo de la última, sólo que entonces nosotros estábamos de ese lado y usted tenía muchos papeles en la mano. En esa época, usted debía tener la edad mi madre. Siempre venía con papeles para mostrar. Seguramente no notó mi nerviosismo aferrado a la pollera larga de mi abuela. Quizá le parezca extraño o que miento, pero la verdad es que nunca supe qué fue lo que sucedió. Sobre la casa, quiero decir. Ella hablaba de un arreglo que tenían ustedes dos, un arreglo de palabra. Supongo que nunca pensó que usted llegaría a hacer lo que hizo. Me refiero al desalojo. Ya no tiene importancia; pero aquella noche sí que la tuvo, algo se quebró mientras las mujeres lloraban. Los niños entienden todo, señora, no necesitan explicaciones. La vieja habría soltado de manera impulsiva lo que tenía dentro y yo le habría respondido que No, por supuesto que no vine para hacerle ningún tipo de reclamo. La verdad es que estoy acá por otro motivo. Escúcheme, por favor. Si después de que se lo explique, usted no accede, yo me voy como llegué. Señora… No recuerdo su nombre. Carmen, sí. Mi nombre es Sebastián, ¿no sé lo dije? Bueno, Carmen, necesito entrar en su casa, más específicamente necesito ir a la terraza. Una mañana, dejé algo ahí, en un lugar secreto, una especie de escondite que solamente yo conocía. ¿Usted también piensa que son solamente los niños los que verdaderamente conocen una casa? ¿Será porque están todo el tiempo jugando al ras del suelo? La cuestión es que hace más de treinta años escondí algo para mí en esa terraza. Y cuando digo para mí me refiero exactamente a eso, que escondí algo para el hombre que soy ahora, Carmen. Le prometí a ese niño que un día como hoy vendría a buscar lo que escondió. Pasé todos estos años esperando. ¿Por qué un día como hoy? Es doce de septiembre, pero lo que no sabe, y no tiene por qué saber, es que hoy cumplo años. Realmente necesito ir a la terraza, señora, subir al pequeño techo donde aún debería estar el tanque de agua y buscar eso que una mañana de sábado escondí en mi lugar secreto. ¿Los vecinos del fondo todavía tienen la higuera? El baldío de al lado no está más, ya me di cuenta. ¿Que cómo puede saber usted que no le estoy mintiendo? Carmen, no tengo manera de probárselo. No queda nadie de mi familia, todos están muertos. Podría describirle cómo era la casa en aquellos años. Soy capaz de dibujarla en el agua, en serio, no se ría. O sí, ríase, mejor. Mire, Carmen, detrás de usted hay un pasillo y al final una puerta que da a un patio de baldosas ajedrezadas. Antes de que termine el pasillo, a la izquierda, hay una especie de arcada con marcos de madera labrada por donde se entra al living, ahí teníamos las mesa y las sillas, un mueble estilo bargueño y un sillón de dos cuerpos tapizado en pana roja, justo debajo de la ventana por la que se podía ver el patio. Había una puerta en el living que conectaba con la habitación y estaba clausurada porque del otro lado había un placard con cerrojos de bronce. A mí me daba miedo ese placard porque en el lugar donde se colgaban los abrigos, debajo, sentada siempre en la oscuridad, estaba Rosaura, una muñeca que había sido de mi madre y por entonces ya estaba prácticamente calva y tenía la mirada fija debajo de sus párpados sueltos. Mi abuela decía que la muñeca hablaba y podía caminar. Una sola vez escuché a mi mamá y a Yaya hablar de Rosaura. Y esa noche entendí todo. En realidad, hablaban de usted. A los nueve años uno sabe muy bien lo que es un secreto y es fácil simular un sueño repentino en el sillón mientras las mujeres conversan y toman vino. Decime si esa muñeca, mija, no se parece a Carmen de vieja. Risas. Algo parecido al desahogo que nace de la desesperación. Un vaso de pronto cae al piso y estalla un llanto. De la risa al llanto, así de simple. Y en el medio, unos vidrios rotos. El silencio que precipita la caída libre de una voz. Mi madre, pregunta: ¿Dónde vamos a vivir? Cuando un niño experimenta lo que hay detrás de la lástima, ya es un hombre. Aunque sólo tenga nueve años. Al otro día, muy temprano, mientras mi abuela y mi madre dormían, abrí el placard, metí a Rosaura bajo amenazas dentro de una bolsa y fui al pequeño galponcito de chapa que teníamos en la terraza. Busqué la caja de herramientas de mi abuela y saqué un martillo. Esa mañana me convertí en un criminal. Recuerdo que después trepé por la cornisa y alcancé el techo donde estaba el tanque de agua. Me arrodillé y comencé a tantear hasta tocar la pequeña caja de luz que estaba escondida entre los caños y la vegetación que nacía de las baldosas ¿Alguna vez usted asesinó un juguete? Todo lo que muere dentro de uno en ese acto es lo que cuenta. Porque esa mañana levanté el martillo hasta la altura de una edad que aún no tenía y caí con todo el peso encima de Rosaura, no una ni tres, muchas más, las suficientes como para saber, por primera vez, de qué está hecho el arrepentimiento.


viernes, 24 de diciembre de 2021


En el final era el verbo


Como si fueran sombras de sombras que se alejan las palabras,
humaredas errantes exhaladas por la boca del viento,
así se me dispersan, se me pierden de vista contra las puertas del silencio.
Son menos que las últimas borras de un color, que un suspiro en la hierba;
fantasmas que ni siquiera se asemejan al reflejo que fueron.
Entonces ¿no habrá nada que se mantenga en su lugar,
nada que se confunda con su nombre desde la piel hasta los huesos?
Y yo que me cobijaba en las palabras como en los pliegues de la revelación
o que fundaba mundos de visiones sin fondo
para sustituir los jardines del edén sobre las piedras del vocablo.
¿Y no he intentado acaso pronunciar hacia atrás todos los alfabetos de la muerte?
¿No era ese tu triunfo en las tinieblas, poesía?
Cada palabra a imagen de otra luz, a semejanza de otro abismo,
cada una con su cortejo de constelaciones, con su nido de víboras,
pero dispuesta a tejer ya destejer desde su propio costado el universo
y a prescindir de mí hasta el último nudo.
Extensiones sin límites plegadas bajo el signo de un ala,
urdimbres como andrajos para dejar pasar el soplo alucinante de los dioses,
reversos donde el misterio se desnuda,
donde arroja uno a uno los sucesivos velos, los sucesivos nombres,
sin alcanzar jamás el corazón cerrado de la rosa.
Yo velaba incrustada en el ardiente hielo, en la hoguera escarchada,
traduciendo relámpagos, desenhebrando dinastías de voces,
bajo un código tan indescifrable como el de las estrellas o el de las hormigas.
Miraba las palabras al trasluz.
Veía desfilar sus oscuras progenies hasta el final del verbo.
Quería descubrir a Dios por transparencia.

Olga Orozco