martes, 21 de abril de 2026

lunes, 20 de abril de 2026


La oveja negra


Ítalo Calvino


Había un pueblo donde todos eran ladrones.

A la noche cada habitante salía con la ganzúa y la linterna, e iba a desvalijar la casa de un vecino. Volvía al alba y encontraba su casa desvalijada.

Y así todos vivían en amistad y sin lastimarse, ya que uno robaba al otro, y este a otro hasta que llegaba a un último que robaba al primero. El comercio en aquel pueblo se practicaba solo bajo la forma de estafa por parte de quien vendía y por parte de quien compraba. El gobierno era una asociación para delinquir para perjuicio de sus súbditos, y los súbditos por su parte se ocupaban solo en engañar al gobierno. Así la vida se deslizaba sin dificultades y no había ni ricos ni pobres.

No se sabe cómo ocurrió pero en este pueblo se encontraba un hombre honesto. Por la noche en vez de salir con la bolsa y la linterna se quedaba en su casa a fumar y leer novelas.

Venían los ladrones, veían la luz encendida y no entraban.

Esto duró poco pues hubo que hacerle entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no permitir que los demás lo hicieran. Cada noche que él pasaba en su casa era una familia que no comía al día siguiente.

Frente a estas razones el hombre honesto no pudo oponerse. Acostumbró también a salir por las noches para volver al alba, pero insistía en no robar. Era honesto y no quedaba nada por hacer. Iba al puente y miraba correr el agua. Volvía a su casa y la encontraba desvalijada.

En menos de una semana el hombre honesto se encontró sin dinero, sin comida y con la casa vacía. Pero hasta aquí nada malo ocurría porque era su culpa: el problema era que por esta forma de comportarse todo se desajustó. Como él se hacía robar y no robaba a nadie, siempre había alguien que volviendo a su casa la encontraba intacta, la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que poco tiempo después aquellos que no habían sido robados encontraron que eran más ricos, y no quisieron ser robados nuevamente. Por otra parte aquellos que venían a robar a la casa del hombre honesto la encontraban siempre vacía. Y así se volvían más pobres.

Mientras tanto aquellos que se habían vuelto ricos tomaron la costumbre también ellos, de ir al puente por las noches para mirar el agua que corría bajo el puente. Esto aumentó la confusión porque hubo muchos otros que se volvieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres.

Los ricos mientras tanto entendieron que ir por la noche al puente los convertía en pobres y pensaron —paguemos a los pobres para que vayan a robar por nosotros—. Se hicieron contratos, se establecieron salarios y porcentajes: naturalmente siempre había ladrones que intentaban engañarse unos a otros. Pero los ricos se volvían más ricos y los pobres más pobres.

Había ricos tan ricos que no tuvieron necesidad de robar ni de hacer robar para continuar siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres los robaban. Entonces pagaron a aquellos más pobres que los pobres para defender sus posesiones de los otros pobres, y así instituyeron la policía, y constituyeron las cárceles.

De esta manera pocos años después de la aparición del hombre honesto no se hablaba más de robar o de ser robados sino de ricos y pobres. Y sin embargo eran todos ladrones. Honesto había existido uno y había muerto enseguida, de hambre.

jueves, 16 de abril de 2026

 Frágil ante lo inmundo


lo inmundo considerado como una débil respuesta

del ser cotidiano ante sus mezquindades

me sorprendo en una ciudad cuyo nombre

ni la humedad pegada a los muros ancianos

ni sus palomas tísicas

me importan

como estar en su imagen de plástico

hundiéndome en La Defense

o

perdida en el ardor de su pasado

ah pureza frescor de lo marchito

toneladas de plumas nos cubren

nos desnudan en tu presencia

y tú ciudad donde hoy habito

¿naufragas o emerges de mi

calidoscopio?

A pocos metros de la estación moderna me habita

en pequeñas áreas mal ventiladas

campiñas fantasmales donde uno (de pocos

ingresos)

atraviesa la tarde de un verano desolado

desde sólo un ángulo

-lo maravilloso de la tarde su caricia en el sexo es la de un espectro

y amo esa tarde como en un film.

El ardor del pasado descansa en la infancia

pero no puedo ocuparme largo rato de esta

transparencia

y no deseo edificar una infancia

lo maravilloso es la rama torcida

que se eterniza en un material innoble (chatarra)

esta falta de flores lo es sobre la tarde gris.

Apoyada en tus brazos:

de las viejas Bastillas

nace tu sonrisa más fresca

y mis partes están irritadas con fluidos verduscos

como tonos impresionistas

caminando para aprehender el rígido otoño en

el Louvre

el sentimiento de piedra de la Venus egipcia

o el gesto de bronce de una pierna de gladiador

-sótanos y galerías de tesoros robados

camino, palpo el tubérculo de los recuerdos

mi cuerpo de niña

el silencio rígido

de la pureza

nada de entonces puede penetrarme en el miedo

como esta ciudad en la usura.


Carmen Ollé

sábado, 21 de marzo de 2026


PALABRAS


Vanidad de las calles,

de la gente que pasa,

con la torpe acechanza de los hombres

y de sus miradas

que se posan tenaces como moscas

en mi piel pálida.


Y el encuentro imprevisto

con el pobre amigo de cara trágica

que me cuenta su angustia

mientras yo le hablo con mi voz más cálida

del amor a la vida:

yo que no espero nada.


¡Ah, la tortura íntima

de esta escena diaria!

Tener el alma  muerta

y regalar palabras.


Emilia Bertolé