domingo, 24 de enero de 2021
Es ya el cielo...
Es ya el cielo. O la noche. O el mar que me reclama
con la voz de mis ríos aún temblando en su trueno,
sus mármoles yacentes hechos carne en la arena,
y el hombre de la luna con la foca del circo,
y vicios de mejillas pintadas en los puertos,
y el horizonte tierno, siempre niño y eterno.
Si he de vivir, que sea sin timón y en delirio.
Gilberto Owen
domingo, 17 de enero de 2021
Lo que me queda
Porque lo amargo fue mi residencia,
cerrada como leño de carozo,
porque el amor se me quemó en solllozo,
y mi sollozo se apagó en paciencia,
nada le queda, nada, a mi existencia,
a mi tiempo, vaciado en largo foso;
nada, sino esperar el milagroso
ademán de la verde providencia.
Pero si en vez de Dios maravilloso
sólo hubiera una lenta indiferencia
sobre mi largo hueco soledoso,
sostén encontraría mi existencia,
donde nada le queda, en el precioso
hueso que le ha crecido: la experiencia.
Amelia Biagioni
sábado, 16 de enero de 2021
Para hacer un talismán
Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo, antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.
Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley, más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra; puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!
Olga Orozco
sábado, 2 de enero de 2021
A quienes no perdieron nada porque nunca tuvieron
Escribir sobre el Hambre,
no poesía de protesta sino de experiencia,
es difícil si no se pasa hambre.
«Escribir en tinieblas es un mester pesado»,
para Berceo.
Escribir sobre el hambre es ardua tarea
No para César Vallejo
que alguna vez rara sería puso dice
«sobre su mesa un pan tremendo».
Vallejo ve tremendo ese pan porque comérselo
—para Georgette su mujer y para él— era
quedarse otra vez sin pan: en
impotencia de pan hambre en potencia.
Claro, con una buena cámara, con una Leica,
puedes fotografiar el hambre.
Se puede dar un testimonio gráfico del hambre.
Niños de la India o de África,
que son sólo huesitos y panza.
Las panzas llenas de hambre de que hablaba
Leonel Rugama.
—«¡Qué triste es nuestra Rusia!»— le decía,
con lágrimas en sus mejillas atezadas,
Alexander Pushkin a Nikolai Gogol
cuando éste le leía en 1836
su manuscrito de «El inspector».
Un hombre con un mendrugo de pan seco
en Erythrea bajo los bombardeos.
Una niña atendida de emergencia en cirugía
de guerra, anestesiada, no dormida,
con sondas de hule en su naricita.
En Haití, durante el hambre
de 1975, un niño como tallado
en madera de tan escuálido;
y aquélla niña de Vietnam,
la que huye desnuda y quemada
por la carretera de asfalto.
Sin quehacer, sin domicilio, una abuela sin nietos
durmiendo en la abolida New York-Pennsylvania Station.
Gusanos intestinales —como las rosas
en el soneto de Elizabeth Barrett— colman el año:
uncinariasis oncocercosis salmonella kálazar...
Parásitos que cantan sólo para ciertas razas.
Y una pareja, marido y mujer, decrépitos,
fotografiados por la Agencia SIPA-PRESS,
«Gótico Tercer Mundo», con un fondo de desechos:
él, sin dientes; ella el ceño fruncido, adusto.
Pero tan unidos en su dignidad e infortunio
que hasta le da envidia a uno.
A lo que me refiero
cuando le puse título
a este escrito: A QUIENES NO PERDIERON
NADA PORQUE NUNCA TUVIERON.
de La insurrección solitaria y Varia