domingo, 26 de julio de 2020

Un país

En la misma esquina de este viejo mapa hay un país que añoro.
Es la patria de las manzanas, las colinas, los ríos perezosos, del vino agrio y el amor.
Por desgracia una gran araña tejió sobre él su tela
y con su viscosa saliva cerró las puertas del sueño.
                 Y es siempre así: el ángel con la espada de fuego, la araña y la conciencia.



Herbert Zbigniew

De "Informe sobre la ciudad sitiada".
Traducción de Xaverio Ballester

miércoles, 22 de julio de 2020

Este momento 
Y por ejemplo tomo este momento,
cuando acurrucando mi edad junto a la mesa,
las moscas entran por la ventana
para girar aquí con una finalidad estricta;
cuando hasta mis zapatos tienen
más sentido de la existencia que yo.
Cuando la tarde, la costumbre de la humedad,
se instalan con su olor fracasado;
cuando esta confusión espiritual
de poder elegir entre afeitarme o ahorcarme
me llena de estupor el cerebro.
Envenenado a solas con los dientes rotos,
sin belleza por fuera ni por dentro,
cuando la frustración se nota hasta en mis uñas;
un individuo seco, tabacoso y argentino,
procurando instalar una fe
en algún retroceso de su batalla mental.
Pero me pagarán todo esto, lo juro,
dondequiera que me encuentre,
adelante o detrás de mis razones,
dentro o fuera del ataúd.
 Joaquín Giannuzzi

martes, 21 de julio de 2020


Alguien que despierta

Abre tus ojos de barro
tus ojos de cielo y de noche interrumpida
tus ojos de alfombra, tus ojos pisoteados
ábrete a la luz y ala sombra y a los vientos
a la sombra negra que arrojan los cuerpos.

Árbol de la ceguera, de las muertes,
camino de las desapariciones,
marchas hacia los ojos abiertos del tiempo
hacia el agua pura del instante que corre
cuando te detienes te tornas invisible
cuando andas te destruyes
sólo eres la sombra de la idea de ser
pero con el hueco de tu mano ves todo
por el hueco de tu mano te derramas,
cuerpo ávido de caricias de atmósferas,
mil veces impasible, mil veces tierno
pero finalmente absorbido por la nada
que corroe lentamente el agua del tiempo


Aldo Pellegrini 

viernes, 17 de julio de 2020

Deseo

Que la vida no vaya más allá de tus brazos.
Que yo pueda caber con mi verso en tus brazos,
que tus brazos me ciñan entera y temblorosa
sin que afuera se queden ni mi sol ni mi sombra.
Que me sean tus brazos horizonte y camino,
camino breve, y único horizonte de carne;
que la vida no vaya más allá... ¡Que la muerte
se parezca a esta muerte caliente de tus brazos!...


                                                                                    Dulce María Loynaz

miércoles, 15 de julio de 2020

En el aniversario de su partida, un extracto de “Los Detectives Salvajes” de Roberto Bolaño 


“Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. Grave error, como se verá a continuación. Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie.
Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien, he hablado claro. Así les hablé a ellos, les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban. Igual que hablarle a una piedra. Otrosí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ése es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiéndose en desesperado a secas. ¡O se cura! Y entonces, como parte de su proceso de regeneración, vuelve lentamente, como entre algodones, como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta. Y con esto no quiero decir que cuando uno se ha convertido en un lector tranquilo ya no lea libros escritos para desesperados. ¡Claro que los lee! Sobre todo si son buenos o pasables o un amigo se los ha recomendado. Pero en el fondo ¡lo aburren! En el fondo esa literatura amargada, llena de armas blancas y de Mesías ahorcados, no consigue penetrarlo hasta el corazón como sí consigue una página serena, una página meditada, una página ¡técnicamente perfecta! Y yo se los dije. Se los advertí. Les señalé la página técnicamente perfecta. Les avisé de los peligros. ¡No agotar un filón! ¡Humildad! ¡Buscar, perderse en tierras desconocidas! ¡Pero con cordada, con migas de pan o guijarros blancos! Sin embargo yo estaba loco, estaba loco por culpa de mis hijas, por culpa de ellos, por culpa de Laura Damián, y no me hicieron caso”.

sábado, 11 de julio de 2020


Danza

Muy poco antes del mar, amor, el río de demora
en remolinos de tierna resaca. Mira cómo, en tu ausencia
cenizas de la luna, la borra de los días
se enlazan
y danzan
girando sobre sí
como ese salvavidas recién tirado al agua, al que nadie se aferra.
No hay historia de amor: hay una danza
anclada al corazón de la memoria.

¿Te acordás?-¿Bailar, amor? El mar, la mar y los marinos
saben. Los hijos...-Bailar, amor. Bahía. María Bethânia.
-¿Así? No sé. Soy tieso como un faro, mis pies
de acantilado sólo han bordeado abismos, no saben de las olas
más que un secreto ávido quebrado en la rompiente, una vez, otra vez. 
-Así, amor. ¿No ves? Somos rompiente. Los brazos se aferran como algas 
a las rocas, las caderas se topan, el viejo matrimonio
del agua y de la tierra. La luna
dibuja su alta alianza. Yo soy ese secreto. Zarpemos. 

-No puedo, amor. El mar, la mar, la danza, son siempre imprevisibles
y estos primeros pasos son las mismas mentiras
que cantaba mi casa, caracol de la orilla:
partidos y retornos eternos de las olas
veranos y bandadas y estribillos y madre
procurando, afanosa, paralizar la espera.
Y mi padre volvía siempre imprevistamente. Ya no podré seguir.
-Podés, amor. ¿No ves? Ya es alta mar ahora, el corazón del mundo
es quien ritma los cuerpos, y las constelaciones 
y aun la costa, a lo lejos, se uniforma y se curva,
y su abrazo es de olvido, maternal, y de niebla.
Ya desapareció. Cayeron ya los muros, como ropas, o redes
que levaran desnuda la verdad abisal:
tu casa me amó, amor, como lo amó a tu padre. Vos me abriste,
entré. La libertad. Bailemos. No volvéras allí.
Dejame hundirme. El viento
anuncia tempestad. Hundámonos.

-No puedo, amor, le temo a mi reflejo: es la primera vez.
Mi rincón era oscuro, los ojos de mujeres
tan sólo devolvían su propia soledad.
Siempre quise un espejo, pero nunca llegaba varón que me mostrase
más que un rostro mudo y ambiguo como el mar, que yo amaba
como a cumbre de iceberg. No hay recuerdo del cuerpo en que pueda confiar:
-Podés, amor. ¿No ves cómo, al hundirnos 
amarrados, girando, un barreno que apunta el centro de la tierra
toco manos y anémonas y muslos y delfines 
y pecho y mantarrayas y labios y corales
y pulpos y pelos y nalgas y anguilas
y el deseo madura como perla en la concha?
Al surcarte, te beso como el agua al cadáver
del bello marinero al que algas avarientas
amarran aún al vientre galeón 
hundido. ¿Quién te talló a la imagen
de su pasión, su delirio? Hemos tocado fondo.Vamos
más lejos en la noche, en la danza, en el paso
final. 

Yo no creía poder, pero era un torbellino la corriente, la danza
rotaba como un cráter y al final se deshacía
en el cardumen blanco que llaman la locura.
Silencio. La ceniza se aposenta en el fondo
Bethânia canta sola, y antes que llegue el sueño
una certeza, al fin: -¿Sabés? Mi padre, allá en Bahía
se asombró de hombres solos, en cáscaras de nuez,
disputándole el mar al resto de su vida, la mejor de las muertes.
Ya no temo al recuerdo, ya no te dejaré.
-Yo tampoco. Durmamos. Los cuerpos, en el sueño
bailan entretejen la mutua indiferencia, cada uno
en su fondo, en su deseo. Y uno solo. Y el día los soprende
de nuevo en una orilla, como vuelven a ella
las olas, los veranos y los padres. Les dice:
Bailar, amor. El mar, la mar. Bahía. María Bethânia.

No. Eso no era la vida. El mar, la mar, los marinos
no engañan.Y vos no eras marino: caracol de otra orilla. Emergimos en ríos
diferentes, corrientes que no hay que remontar. Y yo bajo, derivo,
detritus de barranca, embrión desprendido, las islas de este delta
cadáveres de locos varados de terror.
La desembocadura. El río desanuda recodos del dolor
y la resaca, dispersa, se acelera. Una bandada espera
haciendo ronda al sol como aquella pitanza
que el río le tributa con cada nuevo otoño. ¿Seré yo parte de ella?
¿Mi red levará al sol entre los peces?
Ah esa otra danza, anclada en mi memoria: viva como bandada, carozo
de mi poca valentía. Y allá voy, amor. El mar, la mar
ahora está vacía. Bahía, amor. María Bethânia. Yo.
La vida.


Leopoldo Brizuela

Fado, 1995