lunes, 2 de octubre de 2017

Olga Orozco
Las muertes
He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,
lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la
piel del lagarto,
inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de
alguna lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Son los muertos sin flores.
No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio.
Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,
mas su destino fue fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los infames
lechos vendidos por la dicha,
porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida
gota de salmuera.
Ésa y no cualquier otra.
Ésa y ninguna otra.
Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de
nuestra vida.

sábado, 23 de septiembre de 2017


Un cuento de Denis Fernández, de su libro "Monstruos geométricos"
"Los perros suicidas"
Ángela decía que las estrellas eran renacuajos que bajaban al amanecer para comerse mi desayuno. Ahora ella no se divierte más conmigo. No me incluye en sus planes. Prefiere armar fiestas con sus amigos y duerme en la casa de otras personas. A veces, por la ventana de mi habitación, la veo besándose con Cristian atrás del pino: se chupan como si comieran mielcitas. Mi mamá no me deja comerlas, dice que es una golosina para pobres. Una vez, Juana, mi compañera de inglés, me dio un beso. Tenía los labios mojados, resbalaban, entonces junté un poco de su saliva en mi boca e hice buches y fue como comer una mielcita sin gusto. Las mielcitas las compro en el almacén que está a la vuelta de mi casa. En estos últimos días fui muchas veces a comprar y la calle del pueblo está llena de perros que nunca había visto, andan olfateando los tachos de basura y mean las gomas de todos los autos que se cruzan. Los vecinos no saben de dónde salieron. A uno que me mira le doy una mielcita pero no quiere comerla. Podría llevarlo a mi casa para que suplante a Masche. Mi familia me trata como un tonto porque dicen que lloro por un perro de mierda. Masche se escapó hace un mes y no volvió. Pero todavía tengo esperanzas de que aparezca por la puerta del fondo y se acueste al lado de mi cama.
En menos de un día Fidel ya se había acostumbrado a las dimensiones del departamento. Estaba cómodo con la luz tenue de la lámpara y con el aroma del perfume de Inés. Incluso le habíamos puesto un balde con agua que él movió con el hocico hacia otro lugar. Fidel era un perro flaco, un perro de la calle, con manchas blancas, quilombero. Los hermanos de Inés lo habían encontrado con una correa de hilos gruesos al cuello, el día anterior a que yo lo conociera, pero ella decidió que no podía vivir con nosotros. Dijo que nuestro departamento es demasiado chico para un perro tan inquieto. Después me dijo que en algún momento, pronto, tendríamos una casa con jardín donde podríamos tener un perro que pudiera jugar entre ropa la sucia y los almohadones. La mañana siguiente pegó carteles con una foto de Fidel en la vidriera de su local y esa misma tarde vino un viejo y se lo llevó. Ni siquiera preguntó cómo se llamaba o si tenía dadas las vacunas. Ojalá Fidel se escape y vuelva con nosotros, aunque Inés me diga que no puede quedarse. Si vuelve le voy a proponer que nos mudemos a una casa con jardín para que jueguen todos sus sobrinos. Su familia siempre quiso que vivamos en una casa enorme. Inés se merece esto, decían en todas las cenas familiares. Su estructura es la familia. Yo navego entre sus parientes. Pero no quiero una casa con jardín, este departamento es todo lo que necesito. Igual voy a proponerle eso o que vayamos a vivir a ese pueblo de montaña que mira siempre en internet. Nuestro pueblo no tiene montaña pero tenemos salida al mar. Hay un sector de la costa con acantilados y un balneario cinco estrellas que fue abandonado hace dos décadas. Me hubiera gustado que Fidel conociera ese lugar pero no tuve tiempo de llevarlo.
Desde mi ventana puedo espiarlos, me cubren las calcomanías pegadas al vidrio. Están ubicadas estratégicamente para que mi cabeza no se vea. Hay huecos donde sólo se ven mis ojos, pero no pueden verlos desde lejos, así que estoy seguro. Cuando sea grande me gustaría ser detective, pero no un detective borracho que anda solo sin nadie que lo quiera, otro tipo de detective. Además me gustaría ser chofer de limusina. Apago la luz y me escondo detrás de la calcomanía de Bob Esponja: Ángela le agarra la mano a Cristian y la apoya en sus tetas. Mientras él la besa y mueve su mano con fuerza, ella le desabrocha el pantalón y le mete la mano por adentro del calzoncillo y le saca el pito afuera. Yo hago lo mismo, me lo saco afuera. El mío es más chico. Dejé la puerta abierta de mi cuarto y mamá me ve y me grita. Me dice que me duerma enseguida. Apago las luces. Estoy escondido en la oscuridad entre calcomanías. La persiana está casi toda baja. Ángela habla con Camila, la de séptimo grado que se besa con todos sus compañeros. La que se esconde debajo de la escalera y deja que los de noveno le levanten la pollera del uniforme. Ángela debe estar contándole como es el pito de Cristian. Camila se da cuenta que estoy espiándolas y se tapa la boca con la mano como si escondiera una pelota de golf. Sigue mirándome a través del tapa-rollo y cuando mi hermana se distrae se mete un dedo en la boca.
En el noticiero alertaron sobre una tormenta que se aproxima desde el oeste. Aseguraron que los vuelos y desembarcos internacionales podrían suspenderse por tiempo indeterminado. Mientras Inés se bañaba le conté y se puso a llorar porque pensó que tendríamos que cancelar nuestro viaje a Cuba. Desde el espejo pude ver como se enjabonada pero no pude distinguir sus lágrimas. Por momentos pienso que hago en este lugar, si debería escaparme sin dejar rastro o simplemente decirle que me voy y que no me espere. Estamos juntos hace diez años. Conocemos cada rincón de nuestro universo pero sin darme cuenta mi forma humana fue mutando y mis pensamientos ya no son los mismos. La mayor parte de los objetos de la casa parecen de utilería. Incluso, a veces, cuando abro la puerta del departamento, pienso que me equivoqué de domicilio, se borran todos mis recuerdos durante algunos segundos hasta que me doy cuenta que estoy en el lugar correcto. La esuché llorar. Inés suele llorar mientras se ducha. Pero no pudé ver sus lágrimas porque mira hacia la pared. Ni siquiera solloza. Me doy cuenta que le caen lágrimas porque su omóplato se mueve con esa forma característica que tiene ella cuando anuncia la llegada del colapso. Cuando todo de desintegra sólo debo abrazarla y llevarla hasta el balcón para que pueda mirar las estrellas. Así se tranquiliza y vuelve a creer que todo esto está pasando de verdad. Acá en el pueblo debemos ser coherentes con nuestros objetivos porque sino caemos en la desolación. Le pasó a mis padres y me pasa a mí. En el noticiero volvieron a anunciar que los desembarcos internacionales seguirán suspendidos por tiempo indeterminado. De alguna forma vamos a llegar a Cuba, le dije a Inés mientras la ayudaba a secarse el cuerpo.
Ángela apoya su cabeza sobre el almohadón con forma de búho y me espía mientras trato de pararme el pito con una revista de productos Avon. Me guardo el pito adentro del calzoncillo, la agarro de los pelos y grito Ángela le chupó el pito a Cristian, mamá Ángela es igual que Camila, andan tocando pitos en los recreos. Ángela me tapa la boca, mamá no vuelve hasta medianoche pelotudo, te saqué una foto con la verga en la mano, si decís algo se la muestro a todo el colegio. Esa misma tarde jugamos a las escondidas en el parque de nuestra casa que tiene el tamaño de dos casas. Cuenta Ángela. Cristian y Andrés, dos amigos de ellas del colegio, se esconden en el pasillo que comunica con la casa de mi prima. Yo me escondo atrás del sillón del quincho y Camila se pone de cuclillas al lado mío. Callate que nos van a encontrar. La quiero echar pero Camila tiene mucha fuerza, no es gorda, pero con sus brazos podría empujar un tractor lleno de tractores. Ángela comienza a buscarnos y Camila me mete despacito la mano por adentro de la remera. Su mano es fría y lijosa. Agarra mi mano y se la pone entre sus piernas. Me pasa la lengua por mis labios y pone su mano arriba de mi mano y me mueve los dedos por encima de su bombacha. Quiero que me suelte entonces le aprieto la concha. Ella suspira fuerte y me pide que vuelva a pellizcarla. Esta vez se lo hago más fuerte y la lastimo. Me dice que soy un juguetón y y me mete la mano adentro del pantalón y me mete un dedo en el culo y la empujo y nos caemos encima de los libros de mi hermana. La agarro de los pelos y le digo que no me moleste más o le digo a todo el colegio que es una frígida. Camila se ríe y me vuelve a pasar la lengua por los labios y me pide que la toque como antes pero sin pellizcarla. Dejame ver como se te pone dura, me dice. Nos separamos cuando mi hermana grita el nombre de Camila.
El calor era asfixiante. Inés limpió el piso con desinfectante dos veces seguidas, pero igual seguían quedando huellas marcadas en las cerámicas blancas. A la madrugada abrí las ventanas. Como no entraba una gota de aire las volví a cerrar y me senté a ver televisión en el living hasta que me quedé dormido. Inés me despertó cuando estaba amaneciendo y caminó desnuda hasta la cama. Miré durante algunos minutos los noticieros de la mañana que continuaban hablando de las enormes nubes que viajaban hacia nuestro pueblo y me acordé que aún me quedaban dos clases de natación pagas. Armé la mochila y me fui a nadar. En el camino me crucé con dos perros linyeras que me siguieron hasta el club. Al mediodía, mientras almorzábamos, Inés me contó que había visto al viejo que se había llevado a Fidel caminando solo en dirección a la estación de tren. Me mostró una foto que le había sacado desde lejos, pero en la pantalla del celular apenas se distinguía una silueta escuálida y desenfocada. Más tarde, mientras cenábamos, Inés me confesó que además de sacarle una foto siguió al viejo durante varias cuadras. Le pregunté si había descubierto algo y me contestó que no, que lo siguió hasta que entró a la casa de otro hombre, parecía su hermano o su primo, dijo que tenían el mismo corte de cara. Inés hace cosas que nunca antes se hubiera animado a hacer. Una semana atrás la encontré parada sobre una silla en el balcón sacando bichos de luz pegados en la lámpara. Inés sufre vértigo, eso jamás lo hubiera hecho sin mi supervisión. Tampoco hubiese seguido a alguien si no hubiera sido por una situación extrema que la obligase a hacerlo. Algo está cambiando en su personalidad. Temo que sean las pastillas que la ayudan a descontracturarse cuando se tensa. El cuerpo se le endurece y se dobla toda como un bicho bolita. A la tarde, en el noticiero, anunciaron que la semana próxima estaría solucionado el tema de las embarcaciones. Inés va a ponerse contenta cuando sepa que nuestro viaje a Cuba no va a cancelarse.
Ángela está muy triste porque Camila no se puede mover, tiene una parálisis, que según papá, que es médico y conoce el cuerpo humano, fue por culpa de sus padres, que se separaron y tenían pensado mandarla a vivir con su abuela a otro pueblo por un tiempo hasta que la relación entre ellos se solucionara. Camila no mueve los brazos. Apenas puede mover las fosas nasales. Mi papá me dice ponete un buzo y me pide que lo acompañe a la clínica donde está internada Ángela. Me siento un poco culpable porque no la traté bien la última vez que nos vimos en mi casa. Ese día ella estuvo muy rara. Mientras vamos con papá por la ruta escuchando la radio miro las vacas podridas del campo que cuida el criador de tortugas. Alrededor de las vacas hay muchos perros, parecen hambrientos. Les ladran como si quisieran comérselas, pero las vacas los asustan con sus colas y esos ruidos que largan. Creo que ellas también tienen hambre y si no fueran herbívoras podrían comerse a los perros. Antes de llegar a la clínica le pregunto a papá si estuvo buscando a Masche pero no me contesta. Afuera de la clínica hay un cartel que dice que no admiten animales pero algunos se cuelan por la entrada de ambulancias. La calle está llena de toda clase de perros. Busco a Masche pero no lo encuentro. Caminamos con mi papá por pasillos largos, hay olor a naftalina igual que en mis cajones de ropa interior. Papá no me deja entrar a la habitación donde está internada Camila porque tiene miedo que me asuste, hay muchos cables y sangre que pasa por tubos transparentes y aroma a desodorante de coco.
Soñé que Fidel me despertaba a media noche y me pedía que le abriera la puerta del balcón. Yo me abrigaba con una bata de Inés y le abría. Mientras cagaba, Fidel miraba las estrellas y movía la nariz como si comprendiera el funcionamiento del universo. Yo le acariciaba el lomo con la palma de la mano abierta pero no me registraba. Después entraba al departamento y se acostaba en mi lugar de la cama, junto a Inés. Pero Inés no tenía forma humana: se había convertido en un perro. Dormían abrazados y yo tenía que irme al sillón del living que en el sueño tenía forma de cucha. A la mañana Inés me despertó a los gritos, estaba enojada porque no había dormido con ella en la cama. Yo estaba acostado en la alfombra que compramos en Colonia. Me recriminó haberla dejado sola y me amenazó con que esa noche no la esperara, dormiría en casa de sus padres. No le contesté y me volví a quedar dormido encima de la alfombra. Me desperté al mediodía por unos ruidos en el departamento de al lado. Estaban taladrando cemento. Me serví café y me quedé mirando por la ventana como el agua caía a chorros desde el cielo. La lluvia era más que un diluvio, como si alguien estuviera vaciando tanques llenos. Cuando paró me vestí con ropa impermeable y fui a natación. Nadé durante dos horas. Cuando salí el sol estallaba contra el empedrado. Me quedé unos minutos parado en la puerta del club, el portero quiso sacarme conversación pero yo estaba muy distraído viendo como en los edificios de enfrente, los únicos dos que hay en el pueblo, los inquilinos ventilaban sus comedores y tendían ropa en pequeños tenders de caño. Por adelante mío pasó una camioneta y vi a Fidel, asomaba la cabeza desde el asiento de acompañante. Tenía la lengua afuera y parecía disfrutar del paseo. Grité su nombre y el portero se me acercó y me preguntó si estaba bien. Le contesté que sí y caminé hasta mi casa esquivando charcos de agua que se formaban en algunas veredas rotas. A la noche Inés apareció con una bolsa muy grande y la dejó junto al mueble del televisor. Yo seguí cocinando y escuchando la radio, donde un especialista en crisis ambientales hablaba sobre las consecuencias que ocasionaría la extracción de minerales del pozo fluvial que habían construido debajo de los campos del pueblo vecino. Inés evitó hablarme hasta que terminamos de cenar. Inmediatamente levantó su plato de la mesa y antes de cerrar la puerta del cuarto con llave me dijo que adentro de la bolsa había dos almohadones para que pudiera dormir en el sillón y al día siguiente no me despertara con el cuello contracturado, así, de una vez por todas, podía salir a la calle a buscar trabajo.
Está oscuro y hace frío. Mi mamá encuentra a Ángela con Cristian en su cuarto, están desnudos. En voz baja les ordena que se cambien y acompaña a Cristian hasta la puerta y le pide por favor que no vuelva por un tiempo. Ahora le va a contar a papá y papá lo va a ir a buscar a Cristian y la van a castigar a Ángela. Le propongo a mi hermana que busque a  Masche por las casas del barrio y a cambio le ofrezco hacerle creer a mamá que está loca, que lo que vio es parte de su imaginación, como cuando los reyes magos vienen a comerse el pasto con mierda de Masche. Ángela me insulta y justo suena el teléfono y atiende mamá. A los pocos minutos entra al cuarto de Ángela y cuenta que Camila murió por una insuficiencia cardíaca. Ángela llora pero a mí no me causa dolor, sólo siento cosquilleos en el cuerpo como si algo caliente me estuviera pasando por la sangre. Durante toda la tarde en mi casa hay silencio. Cada tanto se escucha la voz de mamá, que sigue hablando en voz baja. Ángela entra a mi habitación y me pide la plata que vengo ahorrando desde hace varios años. Es mucha plata, lo suficiente para comprarme un pasaje a cualquier lugar del mundo. Ángela me insiste pero no le contesto. Me gusta verla sufrir, me gusta que se desespere y me insista. Le pregunto para qué quiere tanta plata y me contesta que el motivo no importa. Le pido que se vaya de mi cuarto. Mamá escucha que peleamos y golpea la puerta de la habitación y salimos y papá se está poniendo las zapatillas y nos dice que nos espera en la camioneta para ir a visitar a los padres de Camila. Ángela está triste. En el viaje en auto me confiesa que las fotos de mi pito nunca existieron, que inventó todo para chantajearme. ¿Qué es chantajear? Le pregunto a papá en la puerta de la casa de Camila mientras fuma un cigarrillo. La casa de Camila es muy grande, tiene cuatro habitaciones y dos baños. Hay personas que no conozco en el comedor tomando café y preguntándose como pudo haber pasado una cosa así con una chica tan joven. La muerte no tiene piedad, dice una señora. Me alejo de ahí. Subo la escalera y me encuentro con más puertas, todas cerradas. En la punta del pasillo hay una abierta. Cuando me asomo la veo a Ángela que revisa desesperada los cajones de un mueble de madera. Cuando me doy cuenta que encuentra lo que buscaba me escondo en el baño y la veo pasar nerviosa. Nose porque el pito se me pone duro y me empiezo a tocar y acabo en el piso. Abajo, Ángela está sentada al lado de los padres de Camila, que hablan con papá sobre la crianza de cerdos en ambientes cerrados. Ángela me mira con los ojos perdidos y yo pienso en los mosaicos manchados en el baño del piso de arriba.
Inés volvió a dejarme dormir en la cama después de tres noches. Me mostró imágenes del hotel de los cabos cubanos donde vamos a pasar ocho días tirados bajo del sol observando el desarme de las olas contra arena blanca. Mientras me hablaba vimos por la ventana el resplandor de un trueno. Inés me apretó la mano. En pocos minutos, las gotas de lluvia se convirtieron en una tormenta salvaje. Yo no dormí en toda la noche. La tormenta inundó todo el barrio. Inés se despertó muchas veces con pesadillas que nos asustaron a ambos. Le pedí que rezara por Fidel pero se enojó porque dice que en lo único que pienso es en ese perro. La abracé fuerte y nos quedamos viendo, por un agujero de la persiana, como los truenos chocaban contra una placa gomosa que se había formado sobre los árboles, como gelatina de frutilla. Una jauría de perros callejeros se refugió debajo de la placa gomosa y le ladraba a los pocos autos que a esa hora de la madrugada transitaba por las calles inundadas. Perros linyeras de distinta raza vagando por todo el pueblo, hurgando tachos de basura, dispersos como una plaga que había apacerido de forma misteriosa y que parecía tenernos sitiados.
Escucho que suena el teléfono y cuando atiendo, escucho la voz de Cristian y la de Ángela, que hace más de una semana que no va al colegio. Hablan sobre unas fotos privadas. Cristian le cuenta que empezó a correr el rumor por todo el colegio, que las profesoras andan preguntando si es cierto lo que pasó con Camila y ella. Trato de no respirar cerca del tubo. La conversación sigue y en un momento Cristian le confiesa a Ángela que estuvo con Camila y un amigo, que se emborracharon en la pileta de sus padres y durmieron juntos. Ángela lo insulta y corta el teléfono y escucho la voz de Cristian que repite una y otra vez Ángela estás ahí. Mientras miro dibujos animados en el living aparece papá y se sienta al lado mío. Está tomando whisky con hielo y fuma uno de esos cigarrillos negros que guarda en el cajón de su escritorio con recetarios y estuches de lapiceras de pluma. De repente papá me dice que la muerte inmoviliza y yo le pregunto dónde está Masche, si lo tuvieron que matar para ahorrarle sufrimiento. Papá me mira sorprendido y se levanta del sillón y al rato vuelve con fotos de su infancia y me muestra una donde está arrodillado en el mar junto a un perro blanco enorme con manchas marrones en las orejas. Me cuenta que a ese perro tuvieron que regalarlo porque había lastimado a su hermanita recién nacida, le había arrancado un dedo de un mordisco. Justo mamá nos avisa desde la cocina que la comida está lista y antes de que papá se levante le agarro el brazo y vuelvo a preguntarle por Masche. Le digo que no quiero otro perro, que si trae otro lo electrocuto y lo entierro atrás del pino. Se ríe y se va para la cocina. Ángela sale de su cuarto y camina atrás de papá. Está enojada. Después de almorzar mamá me lleva al colegio y cuando estoy por bajarme me agarra del hombro y me dice tené cuidado con las mujeres. A la salida Juana me lleva a un parque donde muchos perros linyeras duermen bajo el sol junto a una fuente de agua. Nos sentamos al pie de un árbol y comemos manzanas. Me pregunta porque no gusto de ella y antes que yo le conteste me besa. No muevo la boca hasta que siento su lengua como un cartón entre mis labios. Su lengua es puntiaguda y raspa. Esta vez siento el sabor de una mielcita de manzana, esas verdes que sólo venden en el almacén que está a la vuelta de mi casa.
Mientras Inés acomodaba ropa y zapatos en una valija me contó que esa misma mañana un hombre preguntó por Fidel en el local. Había quedado una foto pegada en la vidriera. Le pregunté porqué todavía tenía una foto de Fidel exhibida y me dijo no se había dado cuenta. No pudo ver la cara de tipo, estaba en el depósito y sólo escuchó que alguien aseguraba ser el antiguo dueño de Fidel. Me hubiera gustado conocerlo. En eso escuché que nuestro vecino metía las llaves en la cerradura y espié por la mirilla hasta que subió al ascensor y la luz roja se apagó. Agarré un libro y me senté en el balcón a leer hasta que Inés terminara de acomodar su valija. Abajo, en la calle, flotaban ramas de árboles y basura. Mi vecino, desde su balcón, sacó varias fotos de la inundación y me dijo que se las enviaría a su hija que vivía en Australia. El agua que corría por las calles estaba muy negra. El empedrado ya no se distinguía. Le grité a Inés desde el balcón que sería imposible ir al aeropuerto pero no me escuchó, entonces entré a la habitación y quedé sorprendido con lo que vi: Inés estaba acostada boca abajo en bombacha tocándose. Tenía la cabeza enterrada en la frazada y se escuchaban gemidos ahogados. Sin querer golpeé la puerta con los pies e Inés volteó la cabeza sin dejar de tocarse, hasta que acabó y su cuerpo se puso duro y enseguida cobró la forma de un bicho bolita. Me tiré en la cama y la abracé. Se quedó dormida y cuando se depertó se subió encima mío y cogimos durante una hora mientras afuera los perros seguían organizándose en jaurías.
Encuentro cuatro fotos en el armario de mi hermana. En una de las fotos, Ángela, Cristian y Camila están riéndose desnudos en una cama matrimonial. En otra Camila le está chupando el pito a Cristian y se ve la mano de mi hermana que le toca las tetas a Camila. Las otras dos son casi iguales: están ellos tres besándose y tocándose en un baño y en una, en el espejo, se ve parte del cuerpo de otra persona. Guardo las fotos adentro de mi carpeta del colegio y busco en internet videos sobre hombres y mujeres cogiendo todos juntos. Cuando Ángela llega a casa le digo que ya se todo lo que pasó con su amiga muerta, pero ella se hace la desentendida y se encierra en su cuarto y no vuelvo a verla hasta la cena. Mientras comemos pastel de papa, le pregunto a mamá que significa threesome y se miran con papá y no me contestan. Ángela ni siquiera me escucha. Entonces le vuelvo a preguntar a papá donde está Masche y Ángela se mete en la conversación y me dice que Masche está enterrado con el abuelo. Mamá se enoja ccomo nunca antes la había visto y la manda a dormir. Quedamos los tres solos en la mesa pero el único que come es papá, que parece no haber escuchado nada. Cuando estoy por dormirme mamá viene a mi habitación y me dice que Masche no está muerto; un día se escapó y no volvió más. Cuando apaga la luz me quedo pensando. Masche era el único que quedaba de las siete crías de Selva, la perra de mi abuelo. A Raúl, el que más tiempo tardó en abrir los ojos, lo adoptó la familia Vera; a uno sin nombre se lo llevó Marcela, la gorda que vive en la quinta frente a la estación; Ringo se quedó con la familia Gómez; a Cruz lo adoptaron los Menéndez, que viven en la esquina de Moreno y Cambaceres; Joaco, el más peludo de todos, se fue a vivir a la casa de esa familia sueca que no habla con nadie en el barrio y que siempre tiene las persianas bajas; y el último en nacer, José, el de la mancha blanca en el ojo, se quedó con los padres de la esposa del tío Roberto, lejos del pueblo, en una casa perdida en el campo rodeada de vacas flacas y ovejas negras. Masche no tiene reemplazo. Voy a salir a buscarlo y cuando lo encuentre voy a retorcerle la cola por haberse ido y después voy a abrazarlo hasta que se quede sin respiración y ladre. Eso quiero: que ladre muy pero muy fuerte hasta dejarme sordo.
Inés me llamó a los gritos desde el cuarto. Salí corriendo y en el camino me golpeé la cintura contra la punta de la mesa. En el noticiero mostraban una imagen del acantilado, justo al lado del balneario abandonado: cientos de personas abrazadas miraban absortas hacia el mar y peritos buscaban explicaciones sobre lo que había sucedido. Junto a la palabra urgente, anunciaban que una jauría de perros se había tirado por el barranco. Los encontraron reventados por la fuerza de las olas contra las rocas. Un pescador del pueblo aseguraba haber seguido a la jauría durante su trayecto desde la plaza central del pueblo hacia el borde el acantilado, en la parte más alta que se forma en esta zona rocosa de la costa. Un periodista del canal ocho entrevistaba al pescador, el balneario abandonado estaba de fondo, desenfocado, un poco más lejos del cordón policial. El pescador decía que esa madrugada, los perros, que habían estado vagabundeando durante una semana, se habían organizado cerca de la plaza central y habían marchado como en una procesión, caminando por las calles vacías del pueblo. El pescador hacía hincapié en la desolación que cargaban los perros encima. Parecían personas deprimidas, decía el pescador, presentían el final de algo. Eso se ve desde el muelle, de noche se ve el final que viene hacia la costa, viene encima de las olas, por eso los peces no llegan hasta los acantilados. Desde abajo del agua también ven el final. Cuando el pescador terminó de hablar la cámara hizo zoom sobre las olas que chocaban contra las rocas más lejanas. Le dije a Inés que tal vez Fidel estuviera vivo, debíamos salir a buscarlo. Inés vio la mancha de sangre que lentamente se expandía por la tela de mi remera y me abrazó. Le pedí que me prometiera que las próximas vacaciones iríamos a la nieve y con los ojos llorosos me anunció que todo terminaría pronto.

jueves, 14 de septiembre de 2017


Un poema de Néstor Perlongher.

Dedicado muy especialmente a todos los incapaces, ellos saben quiénes son.


Por qué seremos tan hermosas


Por qué seremos tan perversas, tan mezquinas
(tan derramadas, tan abiertas)
y abriremos la puerta de calle
al monstruo que mora en la esquina,
o sea el cielo como una explosión de vaselina
como un chisporroteo,
como un tiro clavado en la nalguicie.

Por qué seremos tan sentadoras, tan bonitas
los llamaremos por sus nombres
cuando todos nos sienten
(o sea, cuando nadie nos escucha)
Por qué seremos tan pizpiretas, charlatanas
tan solteronas, tan dementes.

Por qué estaremos en esa densa fronda
agitando la intimidad de las malezas
como una blandura escandalosa cuyos vellos
se agitan muellemente
al ritmo de una música tropical, brasilera.

Por qué seremos tan disparatadas y brillantes
abordaremos con tocado de plumas el latrocinio
desparramando gráciles sentencias
que no retrasarán la salva, no
pero que al menos permitirán guiñarle el ojo al fusilero

Por qué seremos tan despatarradas, tan obesas
sorbiendo en lentas aspiraciones
el zumo de las noches peligrosas
tan entregadas, tan masoquistas,
tan hedonísticamente hablando.

Por qué seremos tan gozosas, tan gustosas
que no nos bastará el gesto airado del muchacho,
su curvada muñeca:
pretenderemos desollar su cuerpo
y extraer las secretas esponjas de la axila
tan denostadas, tan groseras

Por qué creeremos en la inmediatez,
en la proximidad de los milagros,
circuidas de coros de vírgenes bebidas y asesinos dichosos
tan arriesgadas, tan audaces
pringando de dulces cremas los tocadores
cachando, curioseando.

Por qué seremos tan superficiales, tan ligeras
encantadas de ahogarnos en las pieles
que nos recuerdan animales pavorosos y extintos,
fogosos, gigantescos.

Por qué seremos tan sirenas, tan reinas
abroqueladas por los infinitos marasmos del romanticismo
tan lánguidas, tan magras

Por qué tan quebradizas las orejas, tan pajiza la ojeada
tan de reaparecer en los estanques donde hubimos de hundirnos
salpicando, chorreando la felonía de la vida
tan nauseabunda, tan errática.






domingo, 9 de abril de 2017


Gaviotas


Estas pequeñas aves marinas se reúnen a veces en las playas, en no muy grandes cantidades, a descansar quizás. Permanecen paradas sobre sus finas y ágiles patas dando cara al mar, mirándolo fijamente como viejos marineros que añoran, desde el sosiego de los malecones, quién sabe qué puertos. De pronto, pareciera que algo las inquieta y, como buscando la salvación, vuelan desesperadamente hacia su verde magnitud.

Pese a estar siempre en grupos, permanecen ocluidas en su soledad pues, al menos aparentemente, ignoran la presencia de sus compañeras, y es así como tan solo cambian algunas pocas palabras entre ellas. Todo hace suponer que existe una sola verdad y una sola preocupación en su mundo.

Remontan, de tanto en tanto, pequeños vuelos sobre el grupo, para luego posarse nuevamente y terminar así con lo que esto tuvo de desconcertante, siempre con la mirada detenida en su sentido magnífico. A veces vuelan en dirección contraria, pero estos vuelos son intrascendentes. De inmediato todas, a pasos cortos y donosos, se acercan hasta la proximidad mayor que las olas les permiten, cerciorándose de que el mar no las ha abandonado aún. 

Cuando divisan o presienten -pues aún no se ve- algún barco en el horizonte, se lanzan a un vuelo irreductible.

Indudablemente, la costa es circunstancial para ellas.


Francisco Urondo, "Historia antigua", Obra poética. 

domingo, 2 de abril de 2017


Point Adis, mi playa-paraíso 



                                                            "Ningún orgullo en el genocidio"
                   Porque este país, como el nuestro, nació de un genocidio de los pueblos originarios



El fiel representante de este extraño país




Con el bello Francis y Frida en mi cumpleaños




Los 12 apóstoles 



Esas playas hermosas escondidas en Great Ocean Road


sábado, 7 de enero de 2017


El año empezó con una pérdida irreparable para la literatura.

Se fue Piglia pero nos queda su obra.

De "El País"

A los 16 años, Piglia cogió un cuaderno y comenzó el proyecto de su vida: sus Diarios. Esos cuadernos que empezó a escribir en 1957 y que se fueron apilando en silencio mientras se convertían en leyenda, porque aunque se sabía de su existencia nadie los había leído. Hasta que en 2011 Piglia publicó algunos fragmentos en Babelia. Los empezó cuando con su familia se fue de Adroguéa Mar del Plata, en un intento de su padre de dejar atrás el pasado: “3 de marzo de 1957 (Nos vamos pasado mañana.) Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, al que uno encuentra, no al que se deja de ver. Gané al billar, hice dos tacadas de nueve. Nunca había jugado tan bien. Tenía el corazón helado y el taco golpeaba con absoluta precisión (...) Después fuimos a la pileta y nos quedamos hasta tardísimo. Me zambullí del trampolín alto. Desde tan arriba las luces de la cancha de paleta flotaban en el agua. Todo lo que hago me parece que lo hago por última vez".

En aquellas palabras ya estaba su futuro. El cambio de ciudad, de vida, le fue despejando todo y empezó a planificar lo que le gustaría ser y hacer. Años después explicaría: “El diario, sin duda, es un género cómico. Uno se convierte automáticamente en un clown. Un tipo que escribe su vida día tras día es algo bastante ridículo. Es imposible tomarse en serio. La memoria sirve para olvidar, como todo el mundo sabe, y un diario es una maquina de dejar huellas. Me gustan mucho los primeros años de mis diarios porque allí lucho con el vacío total: no pasa nada, nunca pasa nada en realidad, pero en ese tiempo me preocupaba, era muy ingenuo, estaba todo el tiempo buscando aventuras extraordinarias. Empecé a robar la experiencia a gente conocida, las historias que yo me imaginaba que vivían cuando estaban conmigo. Escribía muy bien en esa época, dicho sea de paso, mucho mejor que ahora, tenía una convicción absoluta, que es siempre la mejor garantía para construir un estilo”. No era nostalgia, sino la sensatez y la cordura del crítico que era él.

Si con 16 años conocía el camino, con 18 descubrió a uno de sus dioses tutelares: William Faulkner. Y ya no hubo vuelta atrás. La mansión cayó en sus manos y ya no pudo dejar su obra: “La lectura de Faulkner es uno de los grandes acontecimientos de mi vida”.

No había nada que hacer ante ese hallazgo. Su familia, que quería que él estudiara Ingeniería, se debió conformar con sus estudios de Historia en la Universidad de La Plata. ¿Alguien que tiene claro que quiere ser escritor se pone a estudiar Historia en lugar de algo afín? Sí. “Pensaba, con razón, que si estudiaba Letras me iba a costar seguir interesado en literatura”. No quería leer por obligación ni que evaluaran sus conocimientos sobre literatura. Junto a Faulkner estaban los argentino Jorge Luis Borges, Roberto Arlt.

“Escribir es sobre todo corregir, no creo que se pueda separar una cosa de otra”, decía como una letanía el autor argentino.

Detrás de todo ese amor y pasión por la literatura y el arte de escribir estaba Steve Ratliff, un norteamericano a quien llamaban El inglés, que trabajaba en una compañía exportadora de pescado de Mar del Plata. Fue el primero que le habló de Faulkner, de Scott Fitzgerald y de los autores estadounidenses.

Una vez diagnosticada la enfermedad, Ricardo Piglia se dedicó a organizar y editar los textos que tenía pendientes o inacabados. En especial los Diarios que logró reunir en tres volúmenes, de los cuales dos ya han sido publicados: Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación y Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices.

Hace mucho tiempo se hablaba de Piglia como un autor imprescindible. 60 años atrás, ese hombre que cada vez intrigaba a más gente leía de manera desordenada, y fue el interés por una chica la llave que le descubrió el amor por los libros, como confesó a Leila Guerriero en una entrevista en Babelia en 2010: “Yo ya leía, pero sin método. Había tenido una noviecita en Adrogué. El padre era de familia de anarquistas, leían mucho. Íbamos caminando, había un muro alto, y ella me dijo: ‘¿Estás leyendo algo?’. Y yo había visto, en una librería, La peste, de Camus. Y le dije: “Sí. La peste”. Y me dijo: “Prestámelo’. Me da vergüenza contar esto, pero compré el libro, lo leí esa noche, lo arrugué un poco para que pareciera usado, y se lo llevé al día siguiente. Y ahí empecé a leer”.