viernes, 11 de mayo de 2018


[VI, Life]

Si logro salvar un corazón de romperse,
no viviré en vano; si logro borrar de una vida el dolor,
o enfriar una herida
o ayudar a un esfumado petirrojo a regresar a su nido de nuevo,
no viviré en vano. 

miércoles, 14 de febrero de 2018



Liniker - Zero 





"La mano izquierda de Borges"
Por Ivana Romero  

 

Para comprender una geografía, Ursula K. Le Guin prefería la escritura a los mapas. Eligió la Tierra Media de El señor de los anillos o Las ciudades invisibles trazadas por Calvino más que las rutas desplegadas en una guía Michelin. Ella misma lo contó en el prólogo de The book of fantasy, traducción de la mítica Antología de la literatura fantástica que Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo habían publicado en 1965. Se editó en Estados Unidos en 1988. Por entonces, hacía rato que Le Guin amaba la escritura de Borges, traduciéndola sin ayuda. “El poco español que había aprendido fue a través de los libros. Descubrí que, aun a los tumbos, podía leer en ese idioma. Así que, diccionario en mano, me dediqué a Borges y me dije ‘qué inteligente soy’. Pero no tuve la misma suerte con otros escritores, así que descubrí que no era tan inteligente”, le contó en los años noventa a su gran amiga, la poeta Diana Bellesi. “Borges había aprendido el inglés antes que el español. Quizás por eso su escritura es tan clara para nosotros”, conjeturaba Le Guin.
El final de ese prólogo es una declaración devota de quien lee con atención a otros porque sabe que allí radica la clave para pensar el propio universo ficcional. Como Borges, Le Guin también era experta en lenguas antiguas. “Sus poemas y cuentos, sus laberintos, sus senderos que se bifurcan, sus animales míticos, sus libros de tigres, de arena, han sido honrados y lo serán por muchos lectores; por su belleza y porque resuelven de modo magistral eso que hace la literatura al completar la función original y urgente de las palabras: crear ‘representaciones mentales de cosas que no existen actualmente’, así podemos hacernos una idea del mundo en el que vivimos y quizás, en el que viviremos”, escribió.
El primer objeto exótico que Ursula recibió de Argentina, sin embargo, no fue imaginado por Borges. Se trataba de una simple cajita que encerraba unos capullos crecidos en los plátanos del Delta, en el Tigre. Iban acompañados de una nota que decía “What are you doing to me?” (algo así como “¿qué me estás haciendo?”). Esa pregunta fue hecha por Bellesi luego de maravillarse con el poemario de Le Guin, Wild Angels, y con todas las novelas que la norteamericana había publicado hasta entonces, a fines de los setenta. La cajita fue enviada a la dirección postal que Capra, editorial del poemario, tenía en California. La respuesta llegó pronto: fue otra cajita que contenía una pequeña rama de Oregon, donde Le Guin vivía. Así se inició una amistad incombustible, que se tradujo en cientos de cartas primero, en mails después. Y en colaboraciones que permitieron acercar la obra de ambas a orillas de idiomas diferentes.
Esta anécdota es contada en Gemelas del sueño (dos voces) que también se llamó The Twins, The Dream (two voices), publicado por Norma en 1998. En este libro –bello y lúdico en toda la seriedad que encierra un juego compartido–, cada una traduce poemas de la otra. “Cuando le mandé la cajita, yo vivía en el Delta. Después de esas cartas que empezamos a enviarnos, viajé a Estados Unidos y la conocí. Desde entonces tuvimos un encuentro amoroso en el sentido más profundo del término. No hablábamos de literatura o grandilocuencias. Hablábamos de lo pequeño, de cosas intangibles y mágicas, muy personales”, cuenta Bellesi ahora, desde Zavalla, un pueblo en la provincia de Santa Fe. Ahí nació y pasa sus veranos. 
Ella había incluido poemas de su amiga en un libro fundamental y extinguido: Contéstame, baila mi danza, donde fueron traducidas al castellano por primera vez poetas norteamericanas esenciales como Adrienne Rich, Muriel Rukeyser o June Jordan. Un tiempo después, en 1993, la argentina compiló y tradujo otra vez poemas de Le Guin, incluidos originalmente en diferentes volúmenes, para la editorial Nusud. Ese ejemplar se llamó Días de seda; su versión abreviada es la que aparece en Gemelas del sueño, donde a su vez Le Guin traduce los poemarios de Bellesi Crucero ecuatorial y Tributo del mudo. “Empecé a traducir a Diana sin que ella lo supiera, para saber si podía entender su escritura”, contó en el prólogo de Gemelas del sueño. También reconoció que el desafío fue enorme porque las palabras de Bellesi están habitadas por sutiles giros regionales, nombres de animales y plantas propios del Paraná, voces mestizas venidas de la oralidad que se pierden en la traducción. “Le confesé a Diana lo que estaba haciendo y ella me empezó a hacer devoluciones con sugerencias y términos explicados. Las traducciones –las suyas de mí, las mías de las suyas– son colaboraciones en el sentido más profundo del término”, evocó la escritora.
En una entrevista que Bellesi le hizo para la revista El péndulo, publicada en 1981, Le Guin afirmó: “La fantasía y la poesía son lenguajes de la noche”. Bellesi asegura: “De nada sirve separar su prosa, su poesía, sus ensayos. Todos es parte de una misma obra, atravesada por un enorme brillo poético en una lengua que, como todo lo nocturno, se reinventa cada vez, en cada lectura”.
Ese mismo destello, esa misma ciencia ficción híbrida, con evocaciones que van desde el fantasy a la antropología, atraviesa los tres volúmenes de La saga de los confines, de Liliana Bodoc, que comenzaron a publicarse en el 2000. Bellesi los envió a Oregon y Le Guin, tras leerlos en castellano, dejó un mail en la casilla del editor de Bodoc. Allí decía: “La escritura de Liliana trae, por primera vez, un punto de vista realmente su- damericano a la fantasía puramente imaginada, a diferencia de la fantasía borgiana y la semi-fantasía de los realistas mágicos”. Desde San Luis, donde se mudó hace rato, y antes de subirse a un avión para ir a la Feria del Libro de La Habana, Bodoc evoca esa carta como definición exactísima y entrañable de su trabajo. “Era una maestra para mí. Por eso me permití escribirle el año pasado, cuando junto al ilustrador Gonzalo Kenny decidimos publicar Venado, un libro-álbum inspirado en La saga...”, dice. “El día que salía para imprenta, apareció un mail de Ursula. Así que gracias a ella, este libro tiene un pequeño gran prólogo de lujo”.
Le Guin también alabó La pasión de los nómades, novela de María Rosa Lojo, cuando se publicó en 2011 en Estados Unidos. Aseguró sentirse atrapada por la belleza con la que Lojo teje vínculos entre el pasado y el presente de Argentina a través de las derivas por las pampas del mago Merlín y su compañera Rosaura. 
Antes, Le Guin había llegado más lejos al traducir los cuentos barrocos, de castellano desafiante, incluidos en Kalpa imperial, de Angélica Gorodischer. A lo largo de millones de años, se relatan las derivas de un reino por donde desfilan linajes y reyes locos, libidinosos, justos o decadentes. “Sus imágenes se nutren del legado europeo en el Nuevo Mundo, como sombras chinescas de fuerzas pavorosas y poder irracional, decadencia y esplendor, y el inextinguible anhelo de libertad”, escribió Le Guin sobre un texto que abordaba obsesiones similares a las suyas, publicado originalmente en 1983, que ella tradujo veinte años después. “Una de las cosas que compartíamos era nuestro feminismo”, cuenta Gorodischer desde su casa en la zona sur de Rosario. “Pero lo que una es y piensa se transparenta en la obra. No es necesario proclamar en tu literatura ‘soy esto o lo otro’. El interés de Ursula por el poder, su buen uso y sus desvaríos estuvo claro desde los comienzos de su obra.”
En uno de los poemas de Días de seda, Le Guin dice “Estoy aquí/ Dónde es aquí/ sólo Dios sabe”. Es posible buscar la respuesta en los intersticios entre el origen y el futuro. Ahí ella edificó una obra que, aunque preserva el misterio, también regala señales luminosas en la oscuridad. Para ese doblez indagó su lengua inglesa y otras varias; entre ellas, el castellano de esta zona del mundo. Aspiraba a un diálogo universal de la imaginación. Su mapa literario se completa, entonces, con lectores que sigan esas luces titilantes. 

jueves, 7 de diciembre de 2017


PREMIO IBEROAMERICANO DE NARRATIVA MANUEL ROJAS 2017 
Discurso de agradecimiento de Hebe Uhart 

Yo no conocía la existencia de este premio Manuel Rojas, ni la del mismo Rojas, nunca lo había leído. Para esta ocasión leí “Hijo de ladrón” y a las veinte páginas pensé ¿Cómo es posible que yo lo desconozca? Es potente y directo, como a mí me gustan los escritores, es argentino de padres chilenos, se ve que ha pasado muchas veces la frontera. Dice, al comienzo de su libro “Me acercaba a Chile, la tierra escondida”. Y ese pasar la frontera de un lado a otro me trae recuerdos, porque yo vine a Chile unas cuantas veces. La primera, muy joven, de vuelta del Perú por tierra desde Arequipa a Santiago y luego cruzando la cordillera con el tren trasandino, con las últimas monedas (Era la época en que uno viajaba con las últimas monedas). La segunda vez, unos pocos años después, cuando Allende estaba por caer, yo estaba en Mendoza y vine a espiar cómo estaban: Estaba tensa la situación, no era momento de recibir turistas. Después vine a Santiago invitada por la Universidad Diego Portales y gocé de la hospitalidad chilena de amigos, y de amigos de éstos. También hice crónicas de viaje y conocí el sur, Chiloé, un delfín acompañó al barquito, Valdivia, tan querible, Pucón, Puerto Varas y al Norte, La Serena. La Serena me gustó mucho, allí dicen “Dama”. Pedí en un bar un café y la mocita me dijo “Sí, dama”. Me intrigan las fronteras y el habla de las mismas, por ejemplo en San Juan, Argentina, yo había oído decir “Se cree el hoyo del queque” (Viene a ser el centro de la torta y se dice de alguien muy pagado de sí mismo). Y en Santiago también lo escuché. Mucha gente de San Juan veranea en Reñaca y los de Mendoza en Viñas, por la cercanía. Pero lo que me llamó la atención en el sur, sobre todo en Puerto Varas y Pucón es que mientras que en el centro de esos pueblos prima la madera clara, en casas e iglesias, como si hubiera una vocación de brillo, en los alrededores donde habitan en general los criollos, es todo más oscuro, más sombrío (El mismo fenómeno se da en la Argentina, en Bariloche y el Bolsón, en Bariloche la catedral parece la casita de Heidi y si vamos más allá, hay como una búsqueda de sombra. Me viene a la memoria una visita remota a Santa Rosa, capital de la Pampa, provincia despoblada si las hay. Fui como acompañante de otra escritora. Ella a la noche miró por la ventana de la habitación del hotel, que era y sigue siendo el Cafulcurá, coloso de 9 pisos rodeado de chatura, y al ver las escasas luces de la ciudad dijo: “Ay, Hebe, ¡qué desolación! Voy a pedir un whisky”. Como soy suburbana y algo entiendo de edificios chatos, luces débiles y hábitos pueblerinos le dije “No, no te lo van a traer”. Efectivamente, no se lo trajeron. Ella era una porteña típica y en Santa Rosa a las once de la noche suelen dormir. Pero mi aprendizaje del lugar no terminó allí, fui con un poeta coplero, moreno criollo, a ver su casa donde vivía con su mamá: La casa tenía las paredes pintadas de color rosa viejo, con los colores de los pintores de cuadros del siglo XIX. La casa por dentro era umbría, despojada, una especie de refugio. A la mamá del poeta la habían invitado a una cena en el hotel Cafulcurá pero no iba a ir porque consideraba que al ser el edificio tan alto se iba a marear. Tan ajeno le resultaba, que una posible descendiente de Cafulcurá se niega a ir al hotel que debió serle próximo. Y volviendo a Chile me pregunto, ¿qué hace en Valdivia, que es todo un conjunto armónico de jardines y techos rojos ese hotel tan moderno, tan futurista, con unas puntas retorcidas en la cima, como si estuvieran allá arriba angustiadas? Ese edificio desentona. Y entonces pienso si no serán nuestros países desiertos poblados un poco a las apuradas en afán de progreso. Perdón por las disquisiciones arquitectónicas, pero Platón consideraba que si el entorno de las personas era bello y armonioso, digamos, las personas también iban a tener pensamientos buenos y armoniosos. Yo también lo creo. 

Volviendo al premio, tengo sensaciones contradictorias en relación al mismo, por un lado lo agradezco, como no podría ser de otro modo, y por otro me parece un premio muy grande, como desmedido, como si se hubieran equivocado en dármelo. Y también me siento como el escritor uruguayo Felisberto Hernández, luego de que el escritor francés Jules Supervielle lo presentara en París a un auditorio lleno de público. Dijo Felisberto: “Me siento como un conejo sacado de la galera de un mago”. Por suerte este premio me llega a una edad en la que los elogios y los castigos llegan de forma amortiguada, recuerdo una vez de joven recibí una crítica donde decían que yo tenía sentido del humor, se la mostré a mi mamá y me dijo “Vos, sentido del humor…” Me molestó tanto que lo recuerdo. Ahora comprendería todo de otra manera. Algo de vanidad debía tener yo en ese tiempo, porque solía soñar que daba una conferencia en francés. 

Un premio apela a la importancia de una persona, en este caso de un escritor, pero un escritor lo que más quiere es escribir bien, lo mejor que pueda. Pienso y siempre pensé que la conciencia de la propia importancia conspira contra la posibilidad de escribir bien, más aún, pienso que la hipertrofia del rol le juega en contra a un escritor y a cualquier artista. Cuando veo que alguien hace gala de su rol, sospecho que no escribe bien. Y no soporto los cuentos en que los protagonistas son escritores, ni las películas sobre el tema. En relación con la importancia de lo que hace el que escribe entra en un terreno resbaladizo, porque debe tener conciencia de que no se trata de una lista de compras, pero no debe notarse para nada que lo que hace es importante. Katherine Mansfield lo decía de un modo delicioso: “¿Por qué será que cuando un párrafo me sale bien me inflo tanto que el siguiente me sale mal?” 

A mí me parece que se idealiza demasiado a los artistas, se tiende a ver su oficio como algo oculto y misterioso, como si no fueran de la misma pasta que los otros hombres. En mi caso han colaborado mis padres, que me dieron bien de comer y me hicieron dormir a una hora conveniente dándome una regularidad que hacía posible que yo leyera tranquila, nunca me elogiaron mucho lo que ahora considero algo bueno, poco estímulo, librada a mi libertad. También incidieron en mi proceso de escritura mis amigos, que me escucharon y me leyeron, y en el caso de los libros de crónicas las personas que entrevisté y las que me ofrecieron contactos, con ellos me siento en deuda, no los he nombrado o agradecido como me parece que era mi deber. También me ayudó la escuela y la facultad donde me he enterado de muchas cosas. También un poco de suerte para poder editar. 

Yo miro a este premio como si me hubiese sacado la lotería… con la salvedad de que nunca compré un billete. O sea, como si alguien me hubiera sacado un billete a espaldas mías. Pero aparte, este premio tiene un sabor agridulce, por un lado premio a la trayectoria me suena póstumo y por otro aquí están mis amigos argentinos y chilenos con los que después iré a comer alegremente. 

Me voy a referir un poco a mi literatura, hace tiempo que viré del cuento a la crónica porque me pareció en su momento una forma de renovación. Cansada de escribir sobre la infancia, los abuelos y la inmigración, quise ver un poco más del mundo que me rodeaba y empecé a viajar, sobre todo por América Latina, porque me pareció que ahí había mucho por aprender y descubrir. 

Esta explicación debe ser tomada con pinzas, porque un escritor, y sospecho que a la mayoría de las personas le pasa igual, no sabe la razón de sus actos y decisiones. Estas explicaciones sirven más bien para las entrevistas, donde uno se pone a pensar arduamente por qué eligió tal camino y no otro. En general lo que sí tiene un escritor es como un radar que lo lleva a través de lecturas, imágenes, pensamientos hacia el lugar, tema o ser hacia el que quiera ir, pero no sabe más. Las explicaciones son para salir del paso. Alguien dijo: “La crónica sirve para dar voz a los que habitualmente no la tienen” y eso es cierto, tienen prensa los deportistas, los políticos, los artistas, pero hay un montón de gente que está como oculta. Eso es cierto, en las crónicas se vuelven protagonistas personas de pueblos chicos, comunidades indígenas. En todos esos lugares sólo he atisbado, curioseado y sólo me queda eso, haber asomado la nariz, nomás. He tratado de registrar el lenguaje, los modismos regionales y lo que esto implica: Una forma de ver el mundo. Y también a veces logré tener un registro de la forma mía de ver el mundo. Una vez en el mercado de Bariloche encontré vendiendo anteojos de sol a tres negros de Senegal (A la Argentina han venido muchos y están en todo el país). Les hice anotar en un papel su nombre, uno se llamaba Modoro Batal, pero quise interpelar al mayor de ellos, que tenía una cara más elaborada, como de hombre reflexivo, y le pregunto: ¿Cómo te llamás? Black- Me dijo- Cuando estaba por preguntarle incautamente si su mamá le había puesto ese nombre, al ver mi cara de asombro me dijo: “¿Y acaso en castellano no existe el nombre Blanca?”
El racismo, como en este caso, muchas veces es inconsciente. 

También me he vinculado con el tiempo en que vive la gente de provincias y pueblos que es distinto del de las grandes ciudades. Recuerdo estar en la plaza de Amaicha , un pueblo de unos cinco mil habitantes, en Tucumán, en un hotel sin televisor, nada para leer, había olvidado la radio en otro pueblo. En la plaza rebuznaba un burro sin parar. La tarde anterior quise comprar un diario para tener… algo. El diálogo con alguien allegado al kiosko fue así: 
- No está el diarero pero ayer vino. 
- ¿Será que hoy no le toca? 
- No, él está queriendo venir pero es que… 
Siempre están dispuestos a defender al ausente. 
- ¿Y ahora? 
- Puede que llegue, puede que no llegue. 
Y uno se puede imaginar la cantidad de inconvenientes que pudo tener en el camino, por ejemplo una lluvia privada, que afecte solo al diarero, entonces en realidad que llegue al kiosko vendría a ser visto como un milagro. Y después me dijo, con otro tono de voz, como una disculpa: - Tiene otro trabajo. 

Lo mismo hago con los letreros y las placas de profesionales. En Corrientes, donde la gente es de imaginación muy viva, un abogado se hizo una enorme placa con una balanza doradísima.

Mi querida maestra, Simone Weil tal vez aunque no estoy segura, tenga que ver con todos esos recorridos. Ella dice Saber, pero saber con toda mi alma que el otro existe, es tal vez lo más precioso y deseable que pueda “Ver al otro no como proyección de mis fantasías y deseos, sino como alguien que puede tener otra perspectiva, hecha por su historia, su contexto, sus hábitos”. Mi perspectiva siempre me parece la adecuada porque está hecha de mi historia, mis hábitos, sensaciones y todo lo que es mi experiencia, y ¿por qué? Porque con ella me siento cómodo. Julio Ramón Rybeiro, escritor peruano muy conocido en Chile y mucho menos en el Río de la Plata dice: “Cuando miro a alguien y le atribuyo algún defecto, debo pensar si no incursiono en el contrario”. Porque siempre mi perspectiva me va a parecer la verdad, simplemente porque me tranquiliza. En este terreno de dudas y vacilaciones se maneja un escritor. 

Añade Simone Weil “El triunfo del arte ( De todo arte) es que me saca de mí mismo”. Vivimos llenos de incomodidades físicas y espirituales, preocupaciones de toda índole, me aprieta el zapato y tengo un viejo rencor que me da vueltas. También dice: “Los mejores productos son como si fueran anónimos”. O sea, que el que lo fabricó no sabe bien ni cómo ni porque lo hizo. 

Es un destino raro el de escritor o artista, lo mejor debe ser como si fuera anónimo y después es alabado, premiado. 

He hablado mucho sobre la Argentina, quiero recordar a algunos escritores y artistas chilenos que me han impactado. Recuerdo a Nicanor Parra, a quien vi en San Luis (está al lado es Cuyo) en un congreso de Literatura, nunca lo vi en Buenos Aires, y a los actuales, Alejandro Zambra, que no está acá porque vive en México, a Diego Zuñiga, que también estaría acá pero está de viaje y Alejandra Costamagna que, sorprendentemente, no está de viaje, y hay algo que rescato de los escritores chilenos que me interesa: La capacidad de integrar la vida política a la cotidiana, a través de personajes domésticos, tíos, primos, conocidos, y su forma de pensar . Todos los últimos nombrados lo hacen y bien. Pero también quiero recordar a los cineastas chilenos, por ejemplo, una película de los años setenta “El chacal de Nahuel Toro” donde un borracho del submundo total aprende a leer en la cárcel y se pone zapatos por primera vez, él está condenado a muerte pero de momento está contento con sus zapatos que antes nunca tuvo. También hay una película actual hecha por su nieta a la mujer de Arguedas, el gran escritor peruano, una especie de largo reportaje, que ganó un premio en el Bafici de Buenos Aires, que es un festival de cine. Esa chica está viviendo ahora en Córdoba, casada con un cámara argentino.

Agradezco a mis amigos y a mis alumnos que han venido a acompañarme hasta aquí, a la gente de la editorial argentinos y chilenos que han venido, agradezco la oportunidad de conocer a la presidenta de la república, la señora Michel Bachelet. Agradezco a la vida, que me dio esta oportunidad y en general, como canta la gran Violeta Parra.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Femmes damnées 
                                                              Charles Baudelaire


A la pâle clarté des lampes languissantes,
Sur de profonds coussins tout imprégnés d'odeur
Hippolyte rêvait aux caresses puissantes
Qui levaient le rideau de sa jeune candeur.

Elle cherchait, d'un oeil troublé par la tempête,
De sa naïveté le ciel déjà lointain,
Ainsi qu'un voyageur qui retourne la tête
Vers les horizons bleus dépassés le matin.

De ses yeux amortis les paresseuses larmes,
L'air brisé, la stupeur, la morne volupté,
Ses bras vaincus, jetés comme de vaines armes,
Tout servait, tout parait sa fragile beauté.

Etendue à ses pieds, calme et pleine de joie,
Delphine la couvait avec des yeux ardents,
Comme un animal fort qui surveille une proie,
Après l'avoir d'abord marquée avec les dents.

Beauté forte à genoux devant la beauté frêle,
Superbe, elle humait voluptueusement
Le vin de son triomphe, et s'allongeait vers elle,
Comme pour recueillir un doux remerciement.

Elle cherchait dans l'oeil de sa pâle victime
Le cantique muet que chante le plaisir,
Et cette gratitude infinie et sublime
Qui sort de la paupière ainsi qu'un long soupir.

- " Hippolyte, cher coeur, que dis-tu de ces choses ?
Comprends-tu maintenant qu'il ne faut pas offrir
L'holocauste sacré de tes premières roses
Aux souffles violents qui pourraient les flétrir ?

Mes baisers sont légers comme ces éphémères
Qui caressent le soir les grands lacs transparents,
Et ceux de ton amant creuseront leurs ornières
Comme des chariots ou des socs déchirants ;

Ils passeront sur toi comme un lourd attelage
De chevaux et de boeufs aux sabots sans pitié...
Hippolyte, ô ma soeur ! tourne donc ton visage,
Toi, mon âme et mon coeur, mon tout et ma moitié,

Tourne vers moi tes yeux pleins d'azur et d'étoiles !
Pour un de ces regards charmants, baume divin,
Des plaisirs plus obscurs je lèverai les voiles,
Et je t'endormirai dans un rêve sans fin ! "

Mais Hippolyte alors, levant sa jeune tête :
- " Je ne suis point ingrate et ne me repens pas,
Ma Delphine, je souffre et je suis inquiète,
Comme après un nocturne et terrible repas.

Je sens fondre sur moi de lourdes épouvantes
Et de noirs bataillons de fantômes épars,
Qui veulent me conduire en des routes mouvantes
Qu'un horizon sanglant ferme de toutes parts.

Avons-nous donc commis une action étrange ?
Explique, si tu peux, mon trouble et mon effroi :
Je frissonne de peur quand tu me dis : " Mon ange ! "
Et cependant je sens ma bouche aller vers toi.

Ne me regarde pas ainsi, toi, ma pensée !
Toi que j'aime à jamais, ma soeur d'élection,
Quand même tu serais une embûche dressée
Et le commencement de ma perdition ! "

Delphine secouant sa crinière tragique,
Et comme trépignant sur le trépied de fer,
L'oeil fatal, répondit d'une voix despotique :
- " Qui donc devant l'amour ose parler d'enfer ?

Maudit soit à jamais le rêveur inutile
Qui voulut le premier, dans sa stupidité,
S'éprenant d'un problème insoluble et stérile,
Aux choses de l'amour mêler l'honnêteté !

Celui qui veut unir dans un accord mystique
L'ombre avec la chaleur, la nuit avec le jour,
Ne chauffera jamais son corps paralytique
A ce rouge soleil que l'on nomme l'amour !

Va, si tu veux, chercher un fiancé stupide ;
Cours offrir un coeur vierge à ses cruels baisers ;
Et, pleine de remords et d'horreur, et livide,
Tu me rapporteras tes seins stigmatisés...

On ne peut ici-bas contenter qu'un seul maître ! "
Mais l'enfant, épanchant une immense douleur,
Cria soudain : - " Je sens s'élargir dans mon être
Un abîme béant ; cet abîme est mon cœur !

Brûlant comme un volcan, profond comme le vide !
Rien ne rassasiera ce monstre gémissant
Et ne rafraîchira la soif de l'Euménide
Qui, la torche à la main, le brûle jusqu'au sang.

Que nos rideaux fermés nous séparent du monde,
Et que la lassitude amène le repos !
Je veux m'anéantir dans ta gorge profonde,
Et trouver sur ton sein la fraîcheur des tombeaux ! "

- Descendez, descendez, lamentables victimes,
Descendez le chemin de l'enfer éternel !
Plongez au plus profond du gouffre, où tous les crimes,
Flagellés par un vent qui ne vient pas du ciel,

Bouillonnent pêle-mêle avec un bruit d'orage.
Ombres folles, courez au but de vos désirs ;
Jamais vous ne pourrez assouvir votre rage,
Et votre châtiment naîtra de vos plaisirs.

Jamais un rayon frais n'éclaira vos cavernes ;
Par les fentes des murs des miasmes fiévreux 
Filtrent en s'enflammant ainsi que des lanternes
Et pénètrent vos corps de leurs parfums affreux.

L'âpre stérilité de votre jouissance
Altère votre soif et roidit votre peau,
Et le vent furibond de la concupiscence
Fait claquer votre chair ainsi qu'un vieux drapeau.

Loin des peuples vivants, errantes, condamnées,
A travers les déserts courez comme les loups ;
Faites votre destin, âmes désordonnées,
Et fuyez l'infini que vous portez en vous !