miércoles, 31 de diciembre de 2014


Las calles de Edimburgo


Tierras altas escocesas 



Octubre 2014 Escocia

El castillo de Edimburgo


                                                               En Canton Hill -Edimburgo


viernes, 12 de diciembre de 2014


El secretario tenaz
por Juan Forn 
Jan Van Heijenoort tenía un don para la matemática: podía resolver de un golpe de vista ecuaciones con tres incógnitas. Por esa razón recibió beca completa para el Lycée St-Louis de París, pero no fue por eso que se convirtió en secretario, traductor y guardaespaldas de León Trotsky cuando acababa de cumplir veinte años, aunque la situación que enfrentaba Trotsky en su exilio era una suma de incógnitas casi imposible de resolver para una cabeza normal. Como bien se sabe, Stalin expulsó de la URSS a su archienemigo y casi enseguida decidió enmendar el error a su manera habitual: haciéndolo matar. La tarea le demandó casi diez años y buena parte de esa demora se debió a la silenciosa y fiel presencia de Van Heijenoort junto a Trotsky.
“Su apellido es impronunciable, joven. Lo llamaremos Van”, dijo la mujer de Trotsky cuando el robusto muchacho llegó a la isla de Prinkipo, frente a Estambul, en 1932, sin otro equipaje que una máquina de escribir con caracteres cirílicos. Sus únicos pergaminos eran su conocimiento del ruso (aprendido a solas, con un diccionario y un libro de gramática que robó de una biblioteca) y su fidelidad a toda prueba: hijo de un obrero y una criada, Van había abandonado su beca y sus estudios para entregar su vida a la causa. La situación de los Trotsky en Prinkipo era precaria: ningún país quería recibirlos, el gobierno turco les había dado cobijo pero de incógnito. Los Trotsky estaban sin papeles, confinados en esa isla con custodia policial, y librados a sus recursos: debían pagar todos sus gastos. Los derechos de autor de los libros de Trotsky y las notas de prensa que le publicaban los diarios de Occidente pagaban malamente las cuentas. La actividad en la casa era febril: de día y de noche resonaban las máquinas de escribir mientras Trotsky iba de una habitación a otra dando órdenes, dictando cartas, rebuscando datos en su archivo. Las mujeres de la casa, además de las tareas de tipeo, se encargaban de la cocina y la limpieza. Los varones, de hacer las guardias nocturnas, armados de pistolones, y de salir todas las madrugadas a pescar la comida del día, además de su trabajo diurno como escribas. Todos estaban perpetuamente agotados y todas las noticias que les llegaban eran malas.
Con la llegada de Hitler al poder en Alemania a Trotsky se le abrió un nuevo frente y se le cerró la entrada de los únicos derechos de autor más o menos confiables que recibía hasta entonces. Ahora, además de denunciar las maniobras de Stalin, debía precaver al mundo de que Hitler llevaría a Europa a la guerra. También debió irse de Prinkipo, de incógnito: primero a Francia, después a Noruega, después a México. Siempre con la misma rutina: escasez de recursos, trabajo febril, vigilancia insomne, malas noticias constantes. Los voluntarios se iban fundiendo y eran reemplazados. Todos menos Van. Cuando Trotsky se perdió en un bosque en Noruega, Van lo salvó de morir de frío. Cuando a Trotsky se le desbocó el caballo en Cuernavaca, Van lo corrió y lo rescató (aunque era la primera vez que montaba en su vida). Cuando a Trotsky no le daba más la cabeza y era necesario terminar el trabajo igual, sólo confiaba en Van, fuese un artículo de prensa, una carta confidencial o un asunto de polleras (hay quien dice que el romance que tuvo Van con Frida Kahlo fue para sacársela de encima a Trotsky). Cuando la mujer de Van tuvo un cruce de palabras con la señora Trotsky en la cocina, Van la fletó a París (y como ella estaba embarazada, Van recién pudo conocer a su hija años después). Cuando Trotsky y señora recibieron la noticia de la muerte de sus hijos (el suicidio de Zina, primero, cuando estaban en Prinkipo, y el envenenamiento de Liova cuando ya estaban en México), la reacción fue la misma, encerrarse en su dormitorio durante tres días, y Van era el encargado de pasarles té por la puerta entreabierta, el único autorizado a acercarse.
Y entonces, en noviembre de 1939, Trotsky le dijo a Van: “Ha vivido tantos años a nuestra sombra que es necesario que viva un poco por sí mismo”, y lo envió a estudiar la situación interna del Socialist Workers Party, el partido trotskista norteamericano. Vivía en pensiones, hacía arreglos de plomería para pagarse el traslado de ciudad en ciudad mientras preparaba concienzudamente su informe. En las calles de Baltimore se enteró por los diarios del asesinato de Trotsky y se derrumbó. “Sólo el estudio de las matemáticas me permitió conservar el equilibrio interior”, dijo en un libro que escribió cuarenta años después. El libro era sobre Trotsky, aunque Van era para entonces profesor emérito de matemática y lógica en Harvard y en Stanford, con oficina propia en ambas costas.
A los treinta y tres años, luego del fin de la guerra, logró entrar en los cursos gratuitos de la universidad pública de Nueva York. Se graduó y después se doctoró, primero en matemática y a continuación en lógica. Fue el único capaz de poner en orden los papeles póstumos de Gödel, una tarea considerada titánica y decisiva en el mundo de los números. Seguía trabajando veinte horas al día, como en los tiempos de Prinkipo, sólo que ahora dedicaba doce horas a la matemática y apenas ocho a Trotsky. Mientras sus colegas académicos descansaban de las labores diarias, él se dedicaba a rastrear, clasificar, traducir y ordenar todos los papeles de Trotsky diseminados en las accidentadas etapas del exilio. Logró que Harvard comprara esas decenas de miles de documentos y abriera un archivo Trotsky, desde donde encarar la publicación ordenada de la obra. El mismo viajaba a traer de Europa y de México viejos baúles llenos de papeles y se quemaba las pestañas leyéndolos después.
Lo asombroso es que lo hizo habiendo perdido toda fe en el bolchevismo: después de la muerte de Trotsky, Van había entrado en un maelström de cuestionamiento. “Me puse a examinar el pasado, a rumiar una a una mis dudas, a preguntarme si los bolcheviques, al establecer un régimen vertical y anular toda opinión pública, no habían preparado el terreno para el enorme hongo venenoso del stalinismo. Todo estaba en ruinas. Tuve que construir otra vida.” Pero en esa otra vida, siguió dándole ocho horas diarias de desvelo a la causa que ya había abandonado. “Era una de las máquinas intelectuales más asombrosas que conocí”, dijo de él el historiador Pierre Broué. Su único lujo era tener esa dos oficinitas, una en Harvard y otra en Stanford. Viajaba a todas partes con una valijita donde llevaba todos sus bienes. Ninguno de sus cuatro matrimonios duró, pero todos sus hijos lo querían. En 1986 lo llamaron a Stanford avisándole que su cuarta ex mujer estaba perdiendo la razón. Viajó al DF, se instaló en la casa de ella, la serenó. Cuando se tiró a dormir una hora en el sofá del living, ella le disparó tres balazos a la cabeza y luego se suicidó de un tiro en el paladar.
Jan Van Heijenoort está enterrado en una tumba del Panteón Francés en el DF, propiedad de una familia que no era la suya. La tumba de Trotsky está cerca, con sus conejeras y su museo, pero muy pocos de los peregrinos que la visitan en legión se acercan después al Panteón Francés.

viernes, 18 de julio de 2014

                             

A José, en tu cumpleaños


                             Que pueda el camino subir hasta alcanzarte.
                             Que pueda el viento soplar siempre a tu espalda.
                      Que pueda el sol brillar cálidamente sobre tu rostro
                              y las lluvias caer con dulzura sobre tus campos,
                                                   y hasta que volvamos a encontramos
                                    que Dios te sostenga en la palma de su mano.
                                                                                         (Oración irlandesa)

martes, 24 de junio de 2014


              A F. in memoriam, por las tardes de amor escuchando esta canción


Lenny Kravitz -Can´t get you off my mind 


lunes, 12 de mayo de 2014


Fuegos
           Marguerite Yourcenar 


Lo mismo ocurre con un perro, con una pantera o con una cigarra. Leda decía: “Ya no soy libre para suicidarme desde que me he comprado un cisne”. 
La muerte es un sacramento del que sólo son dignos los más puros: muchos hombres se deshacen, pero pocos hombres mueren. 
No puede construirse una felicidad sino sobre los cimientos de una desesperación. Creo que voy a ponerme a construir. 
Que no se acuse a nadie de mi vida. 
No soporté bien la felicidad. Falta de costumbre. En tus brazos, lo único que yo podía hacer era morir. 
Existe un plan general para el universo. Sólo salimos en los momentos sublimes. 
En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo muere cuando está solo. 
Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.

Nostalgia de la que fui...



lunes, 24 de marzo de 2014


                                 "Por los 30.000 desaparecidos, exigimos juicio y castigo a todos los culpables" 
                                          

viernes, 7 de marzo de 2014


Una tumba para Danilo Kis 

Por Juan Forn
En los confines de la Hungría rural, durante la Segunda Guerra, un chico de ocho años participa como batidor en una partida de caza (los batidores son los campesinos pobres que marchan delante de los cazadores, agitando con una vara los pastos altos para que las aves remonten vuelo y los cazadores les disparen). El chico no es húngaro ni campesino, pero igual cumple sumisamente su papel; se impide soñar con un futuro “sin perros ni señores ni cuernos de caza” mientras azota los pastos, tal como horas más tarde cantará con la mente en blanco “Pastores a Belén” y el himno húngaro en el coro de la escuela, y al volver a casa tranquilizará a su madre: nadie ha sospechado nada tampoco hoy. El chico en cuestión se llamaba Danilo Kis y había nacido del otro lado de la frontera, en Yugoslavia, donde vivían su padre húngaro y su madre montenegrina, pero el padre también era judío y lo descubrieron: logró zafar por un pelo de la matanza de Novi Sad y cruzó con su familia a Hungría, pero allá lo mandaron a Auschwitz. La madre logró bautizar de apuro al hijo y hacerse pasar por católica aunque era ortodoxa; sólo así pudieron sobrevivir, camuflados como campesinos, hasta que llegaron los rusos.
Volvieron a Yugoslavia, a casa de un hermano de la madre que era historiador. Todo lo que Kis había aprendido en la escuela sobre el milenario enfrentamiento entre húngaros, montenegrinos y serbios, su tío se lo mostró de manera inversa. También le mostró otros equívocos: por ejemplo que, para la ley judía, la sangre la transmite la madre, o sea que el joven Danilo no era suficientemente judío, tal como no era suficientemente serbio para sus compañeros cuando entró a estudiar letras en la Universidad de Belgrado. Medio judío, medio húngaro, medio serbio, medio montenegrino, con una habilidad endiablada para los idiomas que debía disimular en un entorno cada vez más indisimuladamente nacionalista (ya hablaba alemán, ruso y francés, además de húngaro y serbio), Kis no tenía lugar en el mundo hasta que se abrió la carrera de literaturas comparadas: no sólo fue el primer egresado de la carrera, era como si la hubieran inventado para él. En aquellas aulas desangeladas, de espaldas al provincianismo de su país, Danilo Kis pudo leer como un privilegiado: autores rusos que estaban prohibidos en Rusia, autores judíos centroeuropeos evaporados del mundo por los nazis que Occidente no había llegado a conocer, incluso autores remotos que las autoridades consideraban ocioso traducir al serbio, como un argentino llamado Borges.
Ya con su tesis había levantado polvareda (sostenía que Guerra y Paz habría sido mejor libro si Tolstoi se hubiera basado no sólo en documentos militares rusos sino también en documentos franceses para contar cómo derrotaron a Napoleón), pero fue Historia universal de la infamia el libro que le hizo entender cómo escribir, y que lo condenó. Tan fascinado con el mecanismo como exasperado con el título, Kis obedeció la consigna de Borges (“Todo libro que no encierra su contralibro es un libro incompleto”), pero su contralibro retrataría no la mera infamia de diferentes individuos a lo largo de la historia sino la cara infame de un siglo, el suyo. Y la infamia de su siglo eran los campos. Kis ya había escrito un par de libros veladamente autobiográficos, sobre su infancia y sobre su padre (es decir, sobre Auschwitz); le quedaba el gulag. Eligió uno de sus aspectos menos conocidos: el Komintern, esos extranjeros que amaron tanto la revolución que dejaron todo por ella, y la revolución se los devoró. Una tumba para Boris Davidovich cuenta, a través de siete historias de anónimos “buenos bolcheviques” de distintas nacionalidades (irlandeses, españoles, alemanes, ucranianos, polacos) que terminaron fusilados o enviados a Siberia, la aciaga historia de la Internacional Comunista.
Kis usó documentos de época tal como Borges usaba las enciclopedias: copió, deformó, extrapoló, sacó relatos enteros de meros datos y descripciones, y les dio tanta vida que la Unión de Escritores de su país le exigió que revelara las fuentes históricas, y cuando él explicó su procedimiento (“Existe un escritor llamado Borges. Existe un escritor llamado Kafka”) lo acusaron de “infectar la realidad socialista con perniciosas prácticas foráneas”, y cuando él demostró que cada uno de los personajes y situaciones de su libro eran reales, que en algunos casos se había limitado a repetir palabra por palabra ciertos testimonios o simplemente a unir dos textos de proveniencia distinta, se usó eso como evidencia de que el libro era nada más que “un collar de perlas robadas”, y con ese título (y el subtítulo “Una tumba para Danilo Kis”) tuvo lugar el defenestramiento público del autor desde todas las revistas y los diarios y hasta la tevé yugoslava. El caso terminó en los tribunales. Kis se encargó él mismo de su defensa, dijo que lo haría literariamente porque era el único terreno en que aceptaba discutir el tema, y le leyó al tribunal un libro entero que escribió para la ocasión titulado La lección de anatomía, porque en él pondría su Boris Davidovich sobre la mesa de disección para desmembrarlo y explicar qué era cada víscera, tal como hacía el doctor Tulp en el cuadro de Rembrandt de ese título. “Si engañar al lector es hacerle creer lo que está leyendo, es imperdonable que se me pida que lo desengañe”, decía Kis. Y procedía a desarmar a los ojos del lector aquel artefacto que tanto se había esmerado en armar, explicando qué función cumplía cada pieza, sintiéndose un mago que decepciona a su audiencia revelando cómo funcionaban sus trucos, cuando en realidad estaba ofreciendo una lección magistral de literatura.
Kis ganó el juicio, pero debió enfrentar una demanda por libelo que le hicieron los dos capitostes de la Unión de Escritores, cuyos libros había destripado con gozosa impiedad en el proceso de explicar cómo funcionaba el suyo (“Si me voy a desnudar yo, desnudémonos todos”). También salió airoso de ese juicio, pero para entonces el aire de su tierra le resultaba irrespirable. “El único país del que me siento nativo y habitante es la literatura”, dijo cuando se instaló en Francia. Tenía cuarenta y cuatro años, le quedaban diez de vida. Escribía con las ventanas cerradas de su departamentito de París porque si las abría escuchaba el lamento de los desterrados. Alcanzó a escribir dos libros más; uno llamado Enciclopedia de los muertos y el otro Laúd y cicatrices, las únicas cosas que le importaron en la vida: los muertos, las enciclopedias, los laúdes y las cicatrices. Entre sus papeles póstumos encontraron uno que decía: “Ahí va un escritor centroeuropeo, un escritor sin país, miren el peso terrible que arrastra, musical y lingüístico, miren el piano y el caballo muerto que carga sobre sus hombros junto con todo lo que se tocó en ese piano y todo lo que cargó ese caballo en tiempos de batalla y de derrota, estatuas de mármol, barbados bustos de bronce, cuadros en barroco marco, palabras, imágenes, melodías que nadie puede entender desde afuera de ese idioma”.

jueves, 27 de febrero de 2014

Joan Manuel Serrat  ''Esos locos bajitos''

                                                                              A mamá, en su cumpleaños


jueves, 20 de febrero de 2014

sábado, 15 de febrero de 2014


Paco de Lucía - Concierto de Aranjuez 

                                    A papá, que siempre supo quererme