domingo, 28 de octubre de 2012

A Mijail...


Una vida
                      Sylvia Plath

Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una lágrima.
He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor del aire
aunque nadie lo note o se anime a contestar.
Los indígenas, como el corcho graves,
todos ocupadísimos para siempre jamás.

A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.
Las nubes enarboladas y orondas, encima.

Como almohadones victorianos. Esta familia
de rostros habituales, a un coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

En otros lugares el paisaje es más franco.
Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel intacto.
Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.
Vive silente.

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada, el mar, plano como una postal,
que una dimensión de más le impide penetrar.
Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejadla en paz.

El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla.

martes, 23 de octubre de 2012

sábado, 20 de octubre de 2012


Besos
                      Gabriela Mistral

Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.
Hay besos silenciosos, besos nobles
hay besos enigmáticos, sinceros
hay besos que se dan sólo las almas
hay besos por prohibidos, verdaderos.
Hay besos que calcinan y que hieren,
hay besos que arrebatan los sentidos,
hay besos misteriosos que han dejado
mil sueños errantes y perdidos.
Hay besos problemáticos que encierran
una clave que nadie ha descifrado,
hay besos que engendran la tragedia
cuantas rosas en broche han deshojado.
Hay besos perfumados, besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los labios dejan huellas
como un campo de sol entre dos hielos.
Hay besos que parecen azucenas
por sublimes, ingenuos y por puros,
hay besos traicioneros y cobardes,
hay besos maldecidos y perjuros.
Judas besa a Jesús y deja impresa
en su rostro de Dios, la felonía,
mientras la Magdalena con sus besos
fortifica piadosa su agonía.
Desde entonces en los besos palpita
el amor, la traición y los dolores,
en las bodas humanas se parecen
a la brisa que juega con las flores.
Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.
Besos de llama que en rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,
besos de tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.
¿Te acuerdas del primero...? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en los espasmos de emoción terrible,
llenáronse de lágrimas tus ojos.
¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos... vibró un beso,
y qué viste después...? Sangre en mis labios.
Yo te enseñe a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca.



Uno de los motivos por los cuales París es tan bella....



domingo, 14 de octubre de 2012



El primer beso
                      Clarice Lispector

Más que conversar, aquellos dos susurraban: hacía poco que el romance había
empezado y andaban tontos, era el amor. Amor con lo que trae aparejado: celos.
—Está bien, te creo que soy tu primera novia, me pone contenta. Pero dime la verdad:
¿nunca antes habías besado a una mujer?
—Sí, ya había besado a una mujer.
—¿Quién era? —preguntó ella dolorida.
Toscamente él intentó contárselo, pero no sabía cómo.
El autobús de excursión subía lentamente por la sierra. Él, uno de los muchachos en
medio de la muchachada bulliciosa, dejaba que la brisa fresca le diese en la cara y se le
hundiera en el pelo con dedos largos, finos y sin peso como los de una madre. Qué bueno
era quedarse a veces quieto, sin pensar casi, sólo sintiendo. Concentrarse en sentir era
difícil en medio de la barahúnda de los compañeros.
Y hasta la sed había empezado: jugar con el grupo, hablar a voz en cuello, más fuerte
que el ruido del motor, reír, gritar, pensar, sentir... ¡Caray! Cómo se secaba la garganta.
Y ni sombra de agua. La cuestión era juntar saliva, y eso fue lo que hizo. Después de
juntarla en la boca ardiente la tragaba despacio, y luego una vez más, y otra. Era tibia, sin
embargo, la saliva, y no quitaba la sed. Una sed enorme, mas grande que él mismo, que
ahora le invadía todo el cuerpo.
La brisa fina, antes tan buena, al sol del mediodía se había tornado ahora árida y
caliente, y al entrarle por la nariz le secaba todavía más la poca saliva que había juntado
pacientemente.
¿Y si tapase la nariz y respirase un poco menos de aquel viento del desierto? Probó un
momento, pero se ahogaba en seguida. La cuestión era esperar, esperar. Tal vez minutos
apenas, tal vez horas, mientras que la sed que él tenía era de años.
No sabía cómo ni por qué, pero ahora se sentía más cerca del agua, la presentía más
próxima, y los ojos se le iban más allá de la ventana recorriendo la carretera, penetrando
entre los arbustos, explorando, olfateando.
El instinto animal que lo habitaba no se había equivocado: tras una inesperada curva de
la carretera, entre arbustos, estaba... la fuente de donde brotaba un hilillo del agua soñada.
El autobús se detuvo, todos tenían sed, pero él consiguió llegar primero a la fuente de
piedra, antes que nadie.
Cerrando los ojos entreabrió los labios y ferozmente los acercó al orificio de donde
chorreaba el agua. El primer sorbo fresco bajó, deslizándose por el pecho hasta el
estómago.
Era la vida que volvía, y con ella se encharcó todo el interior arenoso hasta saciarse.
Ahora podía abrir los ojos.
Los abrió, y muy cerca de su cara vio dos ojos de estatua que lo miraban fijamente, y
vio que era la estatua de una mujer, y que era de la boca de la mujer de donde el agua salía. Se acordó de que al primer sorbo había sentido realmente un contacto gélido en los labios,
más frío que el agua.
Y entonces supo que había acercado la boca a la boca de la mujer de la estatua de
piedra. La vida había chorreado de aquella boca, de una boca hacia otra.
Intuitivamente, confuso en su inocencia, se sintió intrigado: pero si no es de la mujer de
quien sale el líquido vivificante, el líquido germinador de la vida... Miró la estatua desnuda.
La había besado.
Lo invadió un temblor que desde fuera no se veía y que, empezando muy adentro, se
apoderó de todo el cuerpo y convirtió el rostro en brasa viva.
Dio un paso hacia atrás o hacia delante, ya no sabía qué estaba haciendo. Perturbado,
atónito, se dio cuenta de que una parte de su cuerpo, antes siempre serena, estaba ahora en
una tensión agresiva, y eso no le había ocurrido nunca.
Dulcemente agresivo, se hallaba de pie, solo en medio de los demás con el corazón
latiendo pausada, profundamente, sintiendo cómo se transformaba el mundo. La vida era
totalmente nueva, era otra, descubierta en un sobresalto. Estaba perplejo, en un equilibrio
frágil.
Hasta que, surgiendo de lo más hondo del ser, de una fuente oculta en él chorreó la
verdad. Que en seguida lo llenó de miedo y también de un orgullo que no había sentido
nunca. Se había...
Se había hecho hombre.

miércoles, 3 de octubre de 2012


¡Bienvenido Manuel al mundo!

Te quiero Luce.
                                                       Para Manu: "Wild child" de The Doors